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Alienado
por Alejandro Dutary

El golpe, porque él no lo esperaba y por lo rudo dejo al poeta anonadado y triste. Su sensibilidad moral y su imaginación calenturienta de soñador eterno, ante el choque poderoso de la realidad brutal de lo sucedido, quedaron de pronto como anestesiadas.

Y aunque la verdad, por lo cruel y amarga parecía más bien un sueño fantástico, él llegó tambaleándose y nervioso a su casa en donde la madre anciana y cariñosa le aguardaba impaciente todas las noches.

Tembloroso y agitado por el dolor dióle la carta cruel.

Era una carta de Margarita, la joven hermosa y blanca, de cutis nacarado, de trenzas rubias como rayos de sol en plena primavera y ojos negro como penas hondas, que después de tres años de amores, sin causa justificadoras del hecho, pedíale que diera por terminado el compromiso matrimonial que habían contraído.

Mientras la anciana, agobiada por el pesar profundo de un dolor sincero leía pensativa la carta inesperada que le daba al traste con toda la felicidad de su hijo, él entró a su cuarto, abrió la ventana que daba al parque y sus ojos dilatados se fijaron por un instante en el cielo en donde la luna, pálida y hermosa, irradiada con una tranquilidad desesperante, mientras en las ruinas de un solar vecino un ave nocturna rompía el silencio de la noche con su canto fatídico y entristecedor.

Vestido y en silencio se arrojo en su lecho y bajo la influencia dura y cruel de una desgracia que él no esperaba, las visiones y los recuerdos, en connubio maltratador,  vinieron a su pobre cerebro de Poeta que el dolor atenaceaba, como obedeciendo a la voz de un conjuro nefasto.

Y él allí en la soledad de un cuarto de soltero dio principio, bajo la sugestión de un profundo dolor moral a un examen largo y lento de todo su pasado de amante correspondido lleno de  fe sincera y de esperanzas nobles para el porvenir. Luchaba inútilmente por encontrar una sola nota discordante en el concierto de sus amores leales a los cuales ella ansiaba de poner fin y no fue posible en su abatimiento, descubrir un solo  motivo acusador que en justicia diera origen a un desenlace tan violento como amargo.

Entonces pensó en la posibilidad de la sugestión que en el alma de ella alma sana y desprovista de malicia habría podido ejercer las frases y consejos de otro ser menos interesado en el asunto que tan de cerca a ambos le tocaba; y ante esta idea salvadora perdonóla desde el fondo de su alma, purificada ya de firme por el sufrimiento poderosos y el dolor intenso… Al día siguiente en la mañana, el poeta, debido a los profundo de su abatimiento y al exceso de la meditación angustiosa en que habíase sumido durante tantos años toda la noche; al levantarse de su lecho, lanzó una horrible carcajada larga y estridente, cuyo sonido al principio enérgico y poderoso, fue poco a poco disminuyendo hasta terminar en un grito tenue y prolongado. La madre al oírlo corrió a su cuarto y al fijar en él sus ojos mientras que impresionada contemplaba en el semblante del poeta todas las huellas de un pasar inmenso preguntóle angustiada:

Qué tienes hijo mío?

Y el poeta respondió a la anciana  con una segunda carcajada tan sonora y amarga como la anterior.

Estaba loco…

Desde entonces para la madre comenzaron los afanes y los cuidados que lo profundo de su sentir y su amor maternal hacía cada vez más activo y más constantes.

El mejor alienita de loa ciudad fue consultado y después de un largo examen del paciente prometió hacerlo recuperar  la razón si por cualquier medio o hacía llorar.

Tanta risa sarcástica y amarga que nacía en el cerebro del enfermo y aguijoneaba el corazón de los que escuchaban, sólo podía curarlo según aseveraba el facultativo, un llanto que demostrara el principio de una posibilidad de nivelar facultades intelectuales del poeta, que no había podido resistir el golpe duro de lo inesperado.

Y el alienista comenzó por hablarle de la muerte y sus horrores con palabras ardientes, tratando de sugestionarlo, sin que sus frases fueran lo suficiente expresivas para silenciar la eterna risa del loco.

Después pensó en hacerle creer que su madre había muerto y, para ello, luego de haberlo separado de la casa por ocho días, durante los cuales se había dicho insensatamente que su madre estaba enferma se le hizo entrar a un cuarto preparado de antemano donde reposaba, fingiéndose difunta, en amplia cama, la anciana venerable que a todo sumisa y humilde se sometía a trueques de obtener la salud de su hijo.

Este a quien se le dijo ya al entrar que su madre estaba agonizante llegó sin manifiesta emoción a la pieza, vio a la anciana tendida, pálida, inmóvil que cuatro cirios amarillentos apenas... alumbraban, y al fijarse en la faz de aquella que le dio el ser arrugó la frente, dilató las pupilas, contrajo los brazos… y con su carcajada sonora y sempiterna llenó impasible el ambiente de la habitación.

Y entonces el médico entristecido pensó como ultimo recurso en lo fuerte y agudo de los dolores físicos, y en la mañana siguiente, siempre en su afán de hacerlo llorar, aplicó en los antebrazos, en los bíceps y en los pectorales, del pobre alineado, hierros candentes que al quemar las carnes del enfermo solo le arrancaran gritos desesperante de dolor, pero ni una sola lágrima ni tan siquiera un suspiro.

El hombre de ciencia derrotado ya por la terquedad y la firmeza del mal, abandonó el enfermo en brazos de su madre y dijo a ésta al despedirse: solo la casualidad puede curarlo. Quién lo haga llorar puede salvarlo.

Y se marchó pensativo dejando a la anciana sola abrazada a su hijo que tanto adoraba y que a pesar de las quemaduras siempre reía, reía con una risa interminable, cruel denunciadora de un dolor horrible…

Después que las quemaduras se cicatrizaron, la anciana en la tarde clara y serena, sacaba del brazo a su hijo a pasear por las calles creyendo tal vez que el viento frío y la tranquilidad de la hora podrían aliviar en algo la tensión de los nervios del enfermo.

Una noche que volvían de uno de estos paseos,  al pasar por una calle la anciana se detuvo para oír las notas melodiosas y alegres de un piano que tocaba en un salón. Ella se sentía cansada y el recuerdo de la enfermedad cruel de su pobre hijo, ya demacrado por lo enérgico del mal, se agarraba con fuerza poderosa a su cerebro atribulado.

De pronto el piano quedó en silencio y una risa fresca de mujer joven y hermosa llenó los ámbitos del salón repercutiendo en la calle. Era Margarita, la perjura, que allí reía.

La anciana al escucharla dijo con voz de queja a su hijo que, algo tranquilo le daba el brazo. Conoces esa risa? Óyela bien.

El loco guardo silencio y dilatando las pupilas, cerrando con fuerzas los puños  y mordiéndose los labios hasta hacérselos sangre, se puso a escuchar lleno de sobresalto y como amedrantado. La risa nuevamente sonó y entonces el loco al oírla, se abrazó a su madre y mientras murmuraba con voz débil y aguda:

Si: la risa de ella, de la ingrata de la perjura; y bañó con sus lágrimas las canas venerables de su pobre madre que abrazada a el también lloraba.


Alejandro Dutary (Romeo).

Cuento publicado en:
Revista Nuevos Ritos, Año V, N°68. Junio 15 de 1910.


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