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(I N É D I T O)
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Al mirarme en el espejo
acaso en hora menguada,
no es la frente que arrugada
me indica que estoy ya viejo;
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Que el hábito de pensar,
contrayendo las facciones,
graba rayas a montones
que no se borran jamás.
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Es, que triste mi mirada,
pesar, cansancio revela;
que nada el dolor consuela
que abate mi alma cuitada.
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Es que mi frente se inclina
como quien busca el reposo,
y en el seno cariñoso
de su madre se reclina.
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Madre tierna, madre amante
la tierra, nuestra madre es;
hoy nos sustenta, y después,
asilo nos da constante.
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Hada, mágica, hechicera,
que con tu sin par belello
sumes al hombre en el sueño,
que es realidad no quimera;
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Tú, consuelo eres supremo;
no das placer ni calor,
y haces pasar a una flor
el aliento de los buenos.
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A fuer de tanto servir,
se gasta la fragua humana,
transformación soberana
a que llamamos morir.
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La tumba nos abre paso
al descanso apetecido,
"Que hasta el Sol encandecido
va a descansar al ocaso;"
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Y así, tras la lidia humana,
tras tanta pena y tristeza,
hace inclinar la cabeza
tu voluntad soberana.
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Del libro: Ensayos Morales, Políticos y Literarios
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