VI
El jardín de los sueños:
a propósito de En lo callado del sueño
de Gustavo Batista.
EN LO CALLADO DEL SUEÑO
Mi piel es un jardín que, entre el polvo, brota
tiempos que me duelen; y mi casa, una oquedad
que me humedece con las voces de seres que se
han ido.
Después de mis ojos, el mundo que no habito
llegará con el alba. Bajo el golpe de la vida,
todos los puertos son grises, y más viejos serian
y menos tristes, si las aguas se murieran en sus
aguas y nunca en las orillas.
A veces uno quisiera que la vida le brindara la oportunidad de buscar en la oscuridad de la muerte la luz de la vida. No siempre ocurre que encontramos luces en la vida, sino en la muerte. Parece que la experiencia de la muerte nos brinda siempre momentos de reflexión profunda sobre nuestra transitoriedad en la vida. Manrique decía que la vida son los ríos que van a dar a la mar. Y es cierto. La mar no es más que el infinito inexplorado, el infinito por conocer, el infinito del que pocos tienen conciencia.
Así la muerte es la inexactitud total. Momento al que describimos de muchas formas, pero siempre con la nostalgia de que una vez que conozcamos sus secretos, no podremos decirle a nadie la verdad que nos espera.
Toda aproximación a la expresión poética sugiere una primera conceptualización sobre lo que, en primera instancia, hemos de llamar el hecho poético. Baumgarten entendía por poesía el discurso sensible perfecto, y definía el arte poético como el hábito o disposición de componer el poema y poeta le llama al hombre que goza con componer discursos sensibles perfectos. De este modo, nos aproximamos a una definición de la poesía profunda de Gustavo, una poesía rica en la sensibilidad estética de una vida frecuentada con el asalto de la muerte, pero, a todas luces, fresca en la ingenuidad dela vida y temerosa en la fatalidad de la muerte.
La piel nunca puede ser polvo más que en el momento de la muerte, de hecho, el poeta nos introduce en el tema desde el primer verso. Pero la muerte que se describe es la muerte de una esperanza que se acaba con la desaparición de otras personas. Generalmente uno se concibe en el dolor de los demás. Por eso, cuando la muerte asoma en nuestras vidas sufrimos el dolor de los demás, y el nuestro, por supuesto, de manera muy egoísta. Y es que el egoísmo frente al hecho de la muerte radica en el que el hombre se aferra de tal modo a la vida que no concibe que detrás de lo que disfrutamos, como el alba, “como el golpe de la vida” haya un mundo gris de tinieblas, de no se sabe qué mundos desconocidos, como las aguas que van siempre a la mar, derecho a acabarse. Las “orillas” de Gustavo parecen ser esas tinieblas de lo desconocido, pues orillas pueden ser muchas cosas como la soledad, la noche o el camino que se recorre sin saber si tiene final, o peor aún, sabiendo que tiene un final y ese final es la muerte.
Y así es, definitivamente, las luces que Gustavo pide para su tarde, no es más que la esperanza de que la muerte-noche tarde siempre en llegar y que el camino-agonía sea reemplazado por pasos que no apresuren la llegada-muerte, pues, aunque la muerte es un final decoroso del alma, siempre se pide un poco de tregua para ver más luces en las tardes.
Y cómo pensar que Gustavo pudiera pedir a la vida más que tardes llenas de color y música, si su camino es la esperanza de un mañana distinto donde los tiempos se llenarán con las lágrimas de los otros llorando a los que se han ido, pero él no. El está lejos o fuera del alcance del dolor pues eso le toca a los demás. Gustavo parece indicarnos cómo sufrir la muerte de los demás. No olvidemos que para él la muerte es un sueño del que se puede despertar.
Mariafeli Domínguez
Del libro: Sobre literatura y otras complejidades. Editorial Mariano Arosemena, Panamá, 1995.
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