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Prólogo.
1501: El Día del Asombro , por
Pablo Menacho

Una mañana,
lo verde trazó la frágil línea que divide
a la mar del firmamento,
se desbordó abruptamente en nuestros ojos
como un espejismo más que nos tendía el horizonte
y los hombres,
llenos aún de aprehensión y asombro,
sucumbieron al deslumbre de estas costas.

Era un color que alucinaba
en los destellos de la luz del alba,
el mismo que trajeron las noticias
de aquellos viajeros primigenios
que descubrieron tu nombre
tallado en el follaje de aquel primer amanecer
tendido a tu costado:
el vuelo de las mariposas azules y amarillas
que siempre emigran en agosto,
el cardumen que festeja en la frescura de las aguas
y la contemplación
de este azul y de su transparencia,
tejida entonces con el mar
y la luz de un aire respirable.

Todo era nuevo, ciertamente.
El verde infinito dibujado por la costa,
los sonidos de las aves silvestres
vestidas de festivos colores y alegrías
que se mezclaban ardientes en sus alas.

La tierra tenía ya la redondez de los duraznos
y así apareciste en los mapas iniciales,
en las cartas
que a la navegación se hicieron más propicias,
para encontrarte siempre y luego hacerte el centro
de este paraíso terrenal y sus riquezas.

Aún no sabíamos cómo era tu cintura
o si más allá habrían otros mares
y otras guerras de conquista.

Fue aquí donde arreamos nuestras velas,
tierra de la promisión y del espanto.

Donde algún día
se tejerán las emboscadas más temibles.
Donde el fuego devorará a la ciudad más noble
y el cimarronaje asediará
las interminables caravanas
que atraviesan apresuradas por la selva.

Aquí trazaremos el largo camino de tu historia
sincronizando los relojes
con los vientos y las corrientes del océano.
La ruta de un tránsito perpetuo
por donde habrá de pasar la bonanza
hacia otras tierras
muy lejanas de estas tierras.

Mientras tanto,
atrás quedaba la mar océano:
un enorme dragón de agua
que desata sus implacables tempestades.

Aquí,
donde nuestra voz aún se multiplica
mientras recuperamos el aliento,
esperamos nuevamente
que el viento hinche nuestras velas.


Del libro: Carta a Edmond Bertrand


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