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Supremo Anhelo , por
Guillermo McKay

Día de la Patria. Todo es contento y
alegría. Hasta el mismo sol, desde el balcón de
Dios, ríe a carcajadas: carcajadas de luz.
Las flores esparcen su aroma más enervante;
los ruiseñores dicen sus cantos más harpados,
sus melodías más ARMONIOSAS. El pueblo, ebrio
de entusiasmo, recorre las calles de la ciudad
dando vivas a la magna fecha clásica...

A lo lejos una banda de música desgrana
la perlería sonora del Himno Nacional...
Sin embargo, en la triste soledad del conventillo,
agoniza un patriota que luchó en las guerras
de la independencia... Habla.
Cerca del lecho, una anciana lo escucha anhelante...
Lágrimas de dolor surcan su rostro...


--Madre: esta fiebre pertinaz y loca
me quema el corazón, seca mi boca
y siento en mi interior la despedida
que mi cuerpo cansado da a la vida.
¿ Qué vale el mundo todo y qué la suerte
cuando se está a dos pasos de la muerte ?
¡Cuando se tiene el corazón herido
parece una impiedad haber vivido!
No llores más... La muerte es mensajera
de una VIDA MEJOR... La primavera
eterna en cuyas blancas floraciones,
como rosas, perfuman corazones...

Presintiendo el espasmo de la crisis
(¡cuán cruel la enfermedad llamada tisis!)
¿ qué espero de esta vida melindrosa?
Cuando el arbusto viejo da la rosa
es preciso que enferme o que fenezca
y ceda su lugar a otro que crezca
rozagante, altanero, juvenil...
¡Que sólo así los necesita Abril!

¡Y yo he cumplido mi misión terrena!
Fuerza es que venga presto la serena,
la ensoñada beldad de eterno abrazo
Tengo frío el corazón y flojo el brazo,
y aunque mi fé de vencedor es mucha,
no habré de resistir la cruenta lucha,
ni mis viejos y débiles oídos
escucharán los roncos alaridos,
ni el gemir del cañón, ni la armonía
que tiene toda la fusilería...

--Madre: la fiebre ardiente me sofoca...
Me duele el corazón... Siento en la boca
ese amargor de hiel que es triste anuncio
de mi partida... Mi valor es nuncio
de la envidiable soledad del muerto...

Mira: yo no quiero que sufras... ¿Cierto
que no lo harás? Yo no quiero que llores,
ni que en mi tumba pongas BLANCAS FLORES,
ni que reces, contrita, por mi alma...
¡Feliz he de vivir en esa calma
que tiene el cementerio, ideal morada
donde no llega el hombre, Dios, ni nada!

Si soy de barro, como dice el cuento,
venga la tierra, pues, como alimento
de mi carne impura, carne de humano
que servirá de cárcel al gusano!
No quiero honores, llantos, ni lamentos...
Tan sólo cuando mi alma por los vientos
siga un rumbo ignorado, yo quisiera,
madrecita mía, que la bandera
istmeña fuese mi única mortaja...
¡Grandeza tánta no cabrá en la caja!

Si es cierto que me quieres tánto, tánto,
júrame por tu Dios glorioso y santo,
madrecita mía, que cuando muera
envolverás mi cuerpo en la bandera!
Así me iré dichoso al infinito
sin que exhale mi boca un solo grito...

Se me escapa la vida... Un denso velo
oculta a mi mirada el claro cielo...
Mira, un frío de muerte estoy sintiendo...
Me voy... Adiós... Adiós... Me estoy muriendo.
Pero escúchame, madre... Antes que muera...
Sí, madre... La bandera... Mi bandera!


Ha muerto el patriota. Llora la madre desconsolada.
Afuera, en la calle, la multitud alegre,
al són del Himno Nacional, grita al unísono:
"¡Viva el 3 de Noviembre!"...


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