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Doliente,
por Darío Herrera

Cuando veo - me decía el anciano médico mi amigo, apoyando la barba en el dorso de las manos que descansaban sobre el puño de marfil de su bastón de ébano, sentados los dos en la banca más sombría del parque, una noche en que por entre el follaje espeso esparcía la banda militar sus jocundas fanfarrias- cuando veo pasar al lado de las hijas lujosas a estas madres sanas, alegres, triunfales, porque sus niñas de nada carecen, porque pueden satisfacerles todos los caprichos, porque las aguarda tal vez un matrimonio honroso que se celebrará con toda la pompa de los rituales mundanos, recuerdo enseguida a aquella otra madre desdichada, a quién, en los primeros años del profesorado, asistí en su enfermedad mortal –un caso de hipertrofia del corazón- y quien me hizo la confidencia de la última era de su vida, allá en la mareante y portentosa ciudad de las audacias imprevistas… Esta confidencia la escuché una semana antes de morir la enferma; un día de primavera, en que la tierra toda vibraba en un delirio de vida y toda la atmósfera reía, con risa feliz, bajo la caricia intensa del sol.

A la muerte del esposo -desterrado de la patria por causas políticas- triste, aislada, sin dinero, con una hija, Celia, de catorce años, se encontró la pobre señora en la ciudad  inmensa como el viajero perdido en medio de un bosque enorme y feroz.

Sabía de piano; buscó discípulos. Pero ¡bah! que padres ricos confían la educación musical de sus hijos a una desconocida? y los padres pobres . . . esos no tienen piano.

Trabajar en otra cosa? Cómo?  Ella, ¡una planta de los delicados jardines hispanoamericanos! No vislumbraba luz alguna salvadora. El mañana se le ofrecía fatídicamente impenetrable…Y entre ella y la patria, el océano y tierra, ¡mucha tierra extraña!

Comenzó a vender sus pocas alhajas. Las vendió todas. Así pudo comer ella; así, sobre todo, pudo comer la hija un corto tiempo. Luego vendió los muebles, uno a uno. Dejó la habitación cómoda que ocupaba por un cuartito en el último piso de la misma casa. . . Y la existencia se le iba haciendo cada vez menos posible, y el infortunio la empujaba, la empujaba por la pendiente lúgubre de la miseria. Vendió sus trajes nuevos; vendió casi toda su ropa blanca, y pero, ¡oh, Dios¡ ¿no eres tan bueno? - tuvo que vender casi toda la ropa blanca y los trajes nuevos de Celia; aquellos trajes queridos que tan linda hacían a la niña.

Y el otoño corría; y vendría el invierno. . . el invierno del norte, helado, amargo, cruel, espantoso para el pobre. ¡Qué sería entonces de ella, sin telas gruesas, sin comidas vigorizantes, sin fuego! ¡Qué sería de Celia, que nunca se quejaba porque todo lo comprendía, pero que iba palideciendo, palideciendo rápidamente, como una joven rosa enferma! Un día no hubo para comer. El día siguiente tampoco habría; ni el tercero, ni el cuarto, tal vez nunca más. . . . Ah ¡El espectro fatal cómo le vería llegar, haciendo su mueca horrible, y llevársela, y llevarse a Celia, a su hija!.

Entonces fue cuando recibió una carta del señor inglés que habitaba el principal de la casa… Era soltero; rico. Había visto a Celia; le gustaba. No podía casarse con ella, porque pensaba no casarse jamás, pero la tendría como a una esposa. La dotaría; la educaría y si era buena, más tarde… Quién sabe! Y acompañaba la carta con una fuerte suma de dinero.

Noche tremenda esa noche para la pobre madre. Su hija desde temprano dormía un sueño pesado, producto del desfallecimiento físico. Empezaba el invierno; la nieve golpeaba, blanda, terca, el techo y los cristales de la ventana, en cuyas rendijas gemía un viento fino, helado, punzante.- Cubrió a la hija con la única manta de lana que poseía, y se sentó a la cabecera del lecho miserable. No sentía frío; no tenía ya hambre. El sacudimiento rudo que le había causado en el alma la carta, le hacía insensible el cuerpo… ¡Mañana! Y en la sombra, percibiendo como en un sueño tenebroso la respiración débilmente rítmica de Celia, apretando entre la mano crispada la carta salvadora y cruel, se repetía esta palabra, que en el cerebro enfiebrado le zumbaba siniestra y tenaz.

¿Rehusar? ¡Y su hija! Ella, la madre, podía morir; estaba ya resignada ; bastante había sufrido, y la muerte sería el descanso, el olvido. ¡Pero su hija! No, eso no debía suceder;  no quería que sucediera. Ella no tenía el derecho de quebrar la existencia en capullo de la joven; no tenía el derecho de destruir aquella nave nueva que estaba aún a la orilla del largo, hondo, del enigmático mar de la vida. ¿Aceptar, pues? Y su educación inolvidable; ¡su educación severa y religiosa, que la hacía mirar el concubinato como un acto criminal, como el envilecimiento del amor, tan noble si el matrimonio lo consagra! ¡Y ahora se trataba de su hija! Era su hija quien se uniría sin matrimonio, sin amor, a un desconocido!... Y estrujaba entre las manos la carta; y, trágicamente visionaria, miraba modelarse, poco a poco, en la sombra, al espectro fatal.

¡Rehusar!... ¡Aceptar!... Por un rato grande estos pensamientos contrarios estuvieron luchando, luchando. Después, como cansados, quedaron inmóviles, y parvadas de recuerdos de la vida pasada le asaltaron el cerebro.

¡Los recuerdos azules! Tenía quince años, uno más que Celia; estaba toda de blanco en un baile de confianza, y valsaba con un joven gallardo y correcto. Le parecía oír, clara, precisa, evocatriz, la música de aquel valse; le parecía oír, tímida, vibrante turbadora, la voz pasional del joven, del que fue después su esposo. ¡Ah los placeres dulces y castos de los amores de novios; las impresiones profundas, reveladoras, de la primera noche nupcial!... ¡La hija!

Llegaron los recuerdos grises. La pasión política del esposo; su ocupación constante en planes revolucionarios; sus continuas ausencias de la ciudad; su indiferencia de amante, la guerra civil; el esposo preso. ¡El destierro!.

Y llegaron los recuerdos negros.- La enfermedad lenta, indomable del compañero amado, del apoyo fuerte; el agotamiento de la escasa fortuna; el país extraño. La viudez; ella y su hija aisladas; la pobreza… la miseria… el hambre… la muerte quizás. Y volvían los pensamientos contrarios a comenzar su lucha, y volvía a estrujar entre sus manos la carta del señor inglés, y volvía a ver modelarse, poco a poco, en la sombra, al espectro fatal. Así la sorprendió el alba; un alba brumosa, anémica, tiritante, como precursora de un día triste. Y en la gloria lívida de aquella alba, percibiendo como en un sueño tenebroso la respiración débilmente rítmica de la hija dormida, apretando entre la mano crispada la carta salvadora y cruel, "¡hoy!", se repitió mil veces la madre, y esta palabra, en el cerebro enfiebrado, le zumbaba siniestra y tenaz.

Tuvo que aceptar… ¿El honor? ¡Oh, es verdad! ¡El honor! Y que el hambre apuñale el cuerpo, y que la desesperanza desgarre el alma, y que se vea a la hija adorada palidecer, palidecer rápidamente, como una joven rosa enferma que va a morir. Aceptó. Mas desde aquel día -a pesar de que su vida material fue holgada; a pesar de que en su nueva habitación decente la visitaba todos los días Celia, que sanó de modo rápido como había enfermado y adquirió toda su frescura brillante, toda su belleza exquisita, toda su nativa elegancia.- Sobre el corazón de aquella madre la tristeza lloraba un llanto continuo, que lo fue hipertrofiando inexorablemente.

¡Pobre mujer! La última vez que la vi estaba tendida, rígida y enlutada, sobre el lecho blanco. El fulgor de una lámpara broncínea, filtrado por un globo azul, le envolvía el rostro, contraído por el supremo escalofrío, en un velo sutil, vago y misterioso; y dos lágrimas se perlaban sobre la raya de los párpados apenas abiertos, como si la Muerte, al beber en aquel doloroso vaso humano, hubiese arrojado allí las heces del licor amargo de la vida… Y aquella noche de primavera la tierra toda, en el deleite de un ensueño, suspiraba y toda la atmósfera sonreía, con sonrisa feliz, bajo la caricia dulce de la luna.

Ya sabe usted por qué -terminó, irguiéndose, el anciano médico mi amigo, mientras la banda militar, que había callado, esparcía otra vez por entre el follaje espeso del parque sus jocundas fanfarrias -cuando veo pasar al lado de las hijas lujosas a las madres ricas, sanas, alegres, triunfales, recuerdo en seguida, esta historia lejana, triste, triste y fiel. Y ella se sucede en el mundo eternamente, quizá!


Cuento publicado en: El Cronista; No. 1949; Año XVI; Serie XCV ;
de 22 de junio de 1895.


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