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Triste, muy triste, la niña
de la montaña bajaba;
sus dulces ojos tenían
el fulgor de la esperanza
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Salió de casa solita
con el alma apretujada,
pues dejaba moribunda
a su madre que adoraba.
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Tierno corazón de niña
gemía mientras caminaba:
“Salva, Dios mío, a mi madre;
Diosito, a mi madre salva”.
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Nunca supo cuanto anduvo,
sus angustias eran tantas;
el cielo no la escuchó,
la niña agotó sus lágrimas.
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La encontraron muertecita:
sus ojos ya no brillaban…
Tarde de luto en el pueblo.
A la pequeña amortajan.
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¡Temblores de bronces roncos
y sollozar, de campanas!
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Del libro: Salomas
Publicado en: Boletín de La Sociedad Panameña de
Pediatría. Volumen Nº. 19. Julio 1990. Nº. 2
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