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LOS PRIMEROS “POEMAS” DE ICAZA SANCHEZ (1),
por Roque Javier Laurenza


LOS PRIMEROS “POEMAS” DE ICAZA SANCHEZ (1)

Portada de Primeros Poemas

El 18 de septiembre de 1823 decía Goethe a Eckermann: “Mis poemas son todos de ocasión, sugeridos por la realidad y en ella han encontrado la raíz y el cimiento”. Y el inglés Fitzgerald justificaba el ejercicio del verso por parte de individuos que no son poetas, en el sentido inexorable de esta palabra, diciendo que a nadie perjudica el caballero que, en momentos de ocio y dejándose llevar por las imágenes, at a proper conjunction of the stars, escribe algunos versos.

Las justificaciones ilustres no faltan, pues, desde los tiempos de Publio Papinio Estacio hasta los de hoy. Por otra parte, no siempre el verso nace en las profundidades del corazón o en las cimas de la inteligencia; también florece al nivel de lo cotidiano, a la altura de la sonrisa, con un aire deportivo y juguetón. En verdad, casi toda la poesía de los últimos años tiene este carácter lúdico, intrascendente, de ejercicio para las octavas extremas de la mano derecha. Los poetas como Pablo Neruda, exploradores de los paisajes subterráneos del hombre, o como Paul Valéry, habitantes de las cumbres heladas de la poesía pura, son escasísimos. El lirismo frecuente en nuestros días es irónico y hecho todo de piruetas verbales. El sentido órfico de la poesía raramente aparece entre la multitud de los versos contemporáneos. Ciertos ejemplos egregios no hacen más que señalar esa rareza. Es posible que la causa de ello responda a las condiciones de la época y que un adepto del materialismo histórico, observando las proezas y alardes retóricos que periódicamente, a lo largo de la historia, suelen indicar la ausencia de grandes temas y el tono atiplado de las voces, pueda construir con belicosa certeza una tesis sobre el retomo cíclico de ciertos modos de la actividad poética. Es posible también que, a la postre, tal tesis resulte en vano ademán para aprisionar el cuerpo huidizo de la verdad, pero me atrevo a decir que lograríamos, por lo menos, acariciar su sombra.

Unas palabras más antes de comentar el libro de Icaza Sánchez. La cita de Goethe quiere justificar la objetividad de los poemas del libro, y la alusión a Fitzgerald y las reflexiones que la siguen explican el origen del mismo y lo encuadran dentro del panorama general de la poesía. En este punto, tal vez alguien se pregunte por qué me valgo de grandes nombres y de razones históricas para referirme a la obra modesta de un joven poeta panameño. La verdad es que, desde hace algún tiempo, estoy convencido de la absoluta correspondencia que existe entre todos los poetas no importa cuales sean las diferencias de genio y obra que los separen. Todo poema, por humilde que sea, tiene un sentido y responde, con mayor o menor resonancia, a la infinita y misteriosa actividad del Espíritu. Claro está que hablo a partir de cierto grado de excelencia. El vuelo del águila en el cielo es repetido por el de la mariposa en el jardín. Y en el verso de un poeta sin nombre puede haber un resplandor que viene desde una remota estrella, que es la de los líricos griegos o la de los evangelistas, la de Virgilio o la de Dante, la de Shelley o la de San Juan. Miles de poetas son necesarios para producir un Poeta y un enjambre fabuloso de sueños para que un día se teja el que se llamará Fausto o Las Flores del Mal. Nuestros versos son los ríos que van a dar a la mar, las pequeñas lenguas de agua que, juntándose al torrente común, forman una obra maestra.

Pues bien: los Primeros Poemas de Icaza Sánchez contribuyen con su limpio caudal a la moderna poesía panameña. Apreciable contribución, porque Icaza Sánchez tiene verdaderas condiciones para el trabajo poético: el don de las imágenes y el sentido del ritmo, sin las cuales no se logra ese lenguaje de música y asociaciones insólitas que es el de la poesía. Posee, además, nuestro joven poeta la suficiente dosis de inconformidad, inconformidad hecha de justo y fecundo respeto por la poesía, para no contentarse con los primeros aplausos. Nada mejor. La poesía es reina despótica que reclama sumisión constante a sus severas leyes so pena de destierro a las islas de la banalidad y el olvido. En lo que atañe al arte de los versos, el hombre satisfecho está perdido. Sólo se alcanza el verso perdurable por la insatisfacción, por el esfuerzo. En materia de excelencias, no hay metas; sólo existen caminos, y el verso perfecto debe ser considerado siempre como la sombra de una perfección aún no lograda. Como la bienaventuranza, que únicamente se concede a quien se cree indigno de ella, la belleza poética sólo se entrega al que no espera merecerla. El grito del jactancioso, pocas veces conmueve a las Musas, atentas, sin embargo, al murmullo tímido del humilde trabajador del arte.

Como decía, el lirismo de Icaza Sánchez tiene un marcado carácter lúdico. No se trata, sin embargo, de una condición debida a su juventud, como pudiera creerse. No. Icaza Sánchez hace un juego del modo más serio. Se diría que asiste al espectáculo del mundo con cierto irónico guiñar de ojos y que construye sus poemas con ágil gracia de gimnasta. Su temperamento es como esos espejos, que se encuentran en las barracas de las ferias ambulantes, donde las imágenes de la realidad se deforman en humorísticas distorsiones. Un hombre que fuma, la obra de Picasse, y hasta el venerable Fray Luis, todo, desde una hechicera hasta el ronco océano, se hace mueca verbal en Icaza Sánchez. Claro está que el poema es un juego y que la poesía consiste, precisamente, en esto, en desfigurar, en transfigurar la realidad. Donde hay humorismo se suele encontrar siempre el lírico temblor del alma de un poeta. Y la ironía es también una forma del llanto. Pero lo que deseo decir cuando señalo el carácter lúdico de estos Primeros Poemas es, simplemente, y valiéndome de los términos de Huizinga, es que nacen como en juego y se desarrollan en forma de juego, lo cual no dice nada en contra de su condición lírica y de su dignidad poética. En el cuadro de la poesía panameña de hoy, por ejemplo, hay que situar a Icaza Sánchez más cerca de Demetrio Herrera S. que de Ricardo Bermúdez. La semejanza, claro está, se limita al proceso puramente mecánico de la poesía, a los elementos musicales y plásticos del verso de ambos poetas; porque los dos tienen igual manera de construir, la misma pincelada, como se dice en pintura. Esclarezco la semejanza y la limito a lo formal en atención a las radicales diferencias que, fundamentalmente, en la dimensión humana de su poesía, existen entre uno y otro. Aunque parezca mentira, es aquí, en este plano, en la cálida región de las vísceras, junto al río de la sangre, en lo que se refiere al origen y a la entraña de la poesía, que los dos poetas panameños más aparentemente opuestos, Herrera S. y Ricardo Bermúdez, se corresponden, hermanados por el denominador común de la angustia. No importa, para este paralelo que de paso apunto, que la angustia de Herrera S. surja del conflicto con el mundo y que tenga, por lo tanto, una razón social, histórica, y que, por su parte, la de Bermúdez sea una angustia metafísica que nace más acá de las contingencias sociales. Señalo la correspondencia, y nada más.

Otra condición de la poesía de Icaza Sánchez que conviene destacar es su riqueza plástica. Muchos de sus poemas son para ser vistos, como si los escribiera con diferentes plumas y tintas. De su libro, la parte que considero más característica de Icaza Sánchez es la III, Contrapunto. Las Tres Elegías, que son los acordes graves del libro, me parecen tres intrusas nubecillas grises en el cielo claro del poeta.

En fin, creo que la nueva poesía panameña ha ganado con este joven poeta un valioso elemento: y creo que, con los años, Icaza Sánchez alcanzará un nivel de excelencia dignísimo. Siento que la poesía no es en él brote pasajero, sino radical vocación de ritmos y metáforas, auténtica flor de su naturaleza, que no es, como acontece en muchos de nosotros, una orquídea caprichosa y ocasional. Por ello confío en el primor de las futuras cosechas líricas de Icaza Sánchez. Nada le falta para lograrlo, ni siquiera el influjo de los buenos maestros, como puede verse. El poeta, como todo hombre, se define por sus apetencias. La absoluta originalidad es cosa muy rara y siempre relativa. Ya decía el poderoso Goethe que su historia era la historia de sus influencias. Nada mejor para el artista adolescente que la compañía de los grandes nombres. Y nada me complace tanto como saber que Icaza Sánchez suele refrenar sus labios en las fuentes perennes y que guía su paso por la parábola de las más altas estrellas.

En nuestro medio, donde un libro de versos no es cosa frecuente, los Primeros Poemas de Icaza Sánchez deben ser recibidos con fraterna cordialidad. Y al felicitar a este amigo mío por la publicación de sus versos, deseo hacerle presente el serio compromiso que contrae. Cultivar la poesía no es tarea fácil y menos si los paradigmas que él se fija son aquellos que sus simpatías poéticas suponen. Quien trabaja con el lenguaje debe recordar siempre que las palabras, son delicados organismos que con cualquier rudeza pueden quebrarse. El dominio indudable que de la lengua tiene Icaza Sánchez es una virtud peligrosa. Las palabras se resienten tanto de la torpeza como de la facilidad. El ejercicio poético es, pues, tarea dificilísima, recompensada a veces por una estrofa o por un verso como austero fruto de muchos trabajos. Hay obras, formadas por numerosos libros, que no son otra cosa que el anillo modesto que sostiene la perla viva de un poema memorable. Pero lo importante es tratar de lograr ese instante de perfección. Y buscarlo con la lucida conciencia de quien sabe que el ejercicio milenario de la lira tiene algo de sagrado y con el sereno orgullo de sentirse arcángel de lo inefable, mago que trasmuta viles sustancias en oro poético. Pero tales dones se pagan al precio del esfuerzo y de muchas derrotas. Porque la poesía es el castigo con que los dioses premian a los que no se contentan con el rostro cotidiano de las cosas.

Río de Janeiro, junio de 1947.

(1) H. Icaza Sánchez. Primeros Poemas. Editorial Pongetti. 86 págs. Río de Janeiro, 1947.


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Roque Javier Laurenza.
En: Revista Nacional de Cultura. 2da. Época, diciembre, 1985. Panamá: Instituto Nacional de Cultura.


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