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A Antonio Burgos
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Llegó la pálida viajera de las sombras,
envuelta en los crespones de la noche,
desde la helada región desconocida!
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Y a los besos inocentes del niño;
y a los besos de amor del esposo,
sustituyó el beso sin rumor;
el ósculo eterno, de la eterna despedida!
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Temblaron las gasas de la cuna al soplo helado
de la inmortal caricia; y en el lecho nupcial
las discretas cortinas dejaron caer sus lazos azules
y el negro manto del dolor invadió el hogar!
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Adiós risas y canciones de amor! Adiós esperanzas
de un porvenir lisonjero! Ya sólo quedan
lágrimas en el búcaro gentil y las flores de
himeneo se marchitan a su tibio contacto!
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Y tú, oh mi pobre amigo! Herido por la implacable
guadaña; sujeto entre una tumba y una cuna,
llora sobre la primera todo tu dolor inconsolable
y que el soplo varonil de los que saben
sobreponerse al dolor, meza la segunda al compás
de los sollozos de tu inconsolable agonía!
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Revista El Heraldo Del Istmo, No. 35
Publicado el 15 de junio de 1905
Por la sensible perdida de la esposa de Antonio Burgos,
cuando su hijo solo contaba con tres meses de edad.
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