A esa hora el caserón era una polémica generalizada. Esa noche nadie hizo el amor. Los inquilinos se concentraron en el llanto del hijo de Juliana. Toda la noche llovió.
Un hilo de lluvia atravesó el centro del cuarto. La criatura fijó su atención en la caída del agua, que reflejaba en la ventana. Parecía un gigantesco ángel de diáfanos colores. Imaginó, entonces, aquellos sigilosos aviones de la invasión volando en el cuarto tenebroso.
Se sintió un General en su soledad. Y como el hilo de agua se hizo un charco en medio de la habitación, reflexionó. Una flota acorazada hubiera sido lo ideal en los juegos de su hermano que sabía hacer barquitos de papel y que ahora vivía con su abuela paterna desde la tragedia de aquella navidad.
Caminó en el agua que tomaba altura. Ya en sus rodillas pensó en la flota naval de platos, tazas y otras vasijas. Las cucharas y cuchillos fueron cañones que disparaban, haciendo huecos en las paredes de madera carcomida, por donde salía el agua que ya le daba a la garganta.
Se sintió acorralado en su propio juego y lanzó un desesperado grito aterrador. Eran las cinco de la mañana cuando Juliana descendió del auto deportivo norteamericano. Lucía esplendorosa. De sus cabellos rizados parecieron salir los primeros rayos del sol que iluminó todo el caserón.
La escena fue seguida desde los balcones cuando el interminable beso recordó los apasionantes éxitos de Hollywood. Juliana esquivó las miradas a su paso por el angosto pasillo que la llevó majestuosa hasta el cuarto desolado.
—¡Mamá, me estoy muriendo!
Fue el abrazo más prolongado que pudiera imaginarse. El caserón siguió su rutina cotidiana. El pequeño de Juliana comió aquel día.
____________________________
Leoncio Obando
Mención Honorífica en el Concurso Maga del Cuento Breve, 1992.
Publicado en: Maga, Revista Panameña de Cultura - Nueva época, números 22-23-24 (enero-diciembre, 1992). Fundación Editorial Signos, Panamá, 1992.
Inicio | Poetas | Poemas a la patria | Himnos | Niños | Historia | Libro de visitas