“FLOREADOS CAMPOS de la vida que se agosta, yo soy el ser que —solitario— dará una flor más a la luz de la tristeza. Soy el ermitaño que habla con imágenes. El rayo virginal que conserva inmaculados sus senderos. Si en medio del camino, si en la totalidad salvaje de la noche, si en los escuetos laberintos de la sombra que me sigue, si —en fin— en ese océano interminable de la angustia que me acaba encontrara una voz, un injerto aunque sea, un ser que me dijera vales mucho eres lumbre, yo dejaría todo por ese minuto -oh, tan sólo un minuto - de alegría plena”.
Cuando caminaba solo por los estrechos callejones de una remota aldea, los campesinos le miraban y decían que era ese mismo, el hijo de Llorona.
Llorona aparecía por las noches y buscaba al hijo que antes alguien le había robado. Su llanto era horroroso. Los perros ladran de pánico. El reflejo que la luna deja en las aguas del río parece que va en busca del misterio. Ocurrirá —pensaban todos--. El diablo anda por estos lados.
Había crecido. Cuentan que se lo había llevado apenas tuvo dos días. La madre murió desesperada. El padre —su padre, salió huyendo. Desde entonces, una larga maldición cubre la geografía de este lugar inhóspito.
“Mi condena, por tanto, es hablar con las flores. No me dejen, lirios tiernos. En el dulce aroma de sus brazos blancos, veo la expiación de mi pena. Sí, me pasé años enteros descifrando jeroglíficos que resultaron ser retórica. Conozco los secretos del arte poético. Y, sin embargo, sigo solo, sonámbulo, torpe, soñando con el regreso de aquel ser que sólo he visto en sueños. ¿Fue sombra o fue real?, ya no me acuerdo. La única conciencia que me invade es aquella de la huida. Parece ser que me llevaron. Un grito llenó el ambiente y la distancia. Mi espíritu —oasis que era poco para la sed que me inundaba— volaba por los espacios azules. Fui la gaviota perdida: ya nadie me guiaba. Fui el ave dejada atrás por la bandada ... O tal vez, aquella que —plumas, festín de colores, aleluya— daba gracias a dios por su suerte: sin cómplices, la vida debía ser más dulce, más placentero el encuentro esperado...”
—¿Por qué lo hiciste? —le preguntan.
—Porque me dio la gana
—¿No sabías que era tu madre?
—Madre es mi perra gana.
"Una vez, llegué a escribir esto: 'Cuando el astro rey termina de azotar a la Tierra y se oculta en su morada, las sombras de la noche cobran su verdadera vida. Entonces, todo brilla... La oscuridad es una ilusión para los ciegos; sólo nosotros —los originales, los marcados con la señal milenaria— seremos los sobrevivientes de una cruel catástrofe...' Y, sin embargo, todavía no ha ocurrido nada. Pasará algún día, estoy seguro. Todo se destruirá, no cabe duda. Y, entre tanto, sigo viendo la pulcra imagen en las aguas del río. No soy yo, me digo. Mi cuerpo está aún demasiado limpio”.
Esperaba —se dijo— su regreso. O, tal vez, su aparición primera. No podía establecer si la había conocido en sueños o si era una realidad tan real como su condición de hombre extraño. Y no podía evitar el vicio: estaba condenado a hablar con ornamentos.
—CUANDO LLEGUES a mi dulcísima posada, cuando sea la hora alta en que los seres se dedican al descanso, dime, por favor, cuéntame la historia del jardín de la agonía. Háblame de los lirios y las rosas; la triste historia de la espina. Era —no lo dudo— del año la estación florida y el amor era tan grande que, sabiendo que todo es polvo, también sabía que hay amor después de la muerte, en la entraña misma de la vida: polvo serás, estoy seguro, mas polvo enamorado.
Miró a lo lejos. ¿Qué pasaría? Un extraño dolor le agobiaba el cerebro. No era, en este momento, capaz de distinguir entre lo que veía y lo que creía ver: sus fantasmas crecían.
La puerta era la misma de siempre. ¿Cuánto hace que la vio por última vez? ¿Cuándo fue la vez primera? No sabía. Sólo tenía un leve presentimiento, una premonición, tal vez: la conocía. Insistía dando golpes. Nadie abría. Saca del bolsillo un lápiz y escribe:
“En los oscuros parajes de la sangre, en la casa que guarda mi linfa, entrarás, es algo cierto. Toda la humanidad concentrará su bondad en tus mejillas. Serás el pájaro hambriento que, inválido, pedirá un grano de arroz, unas plumas viejas para soportar el frío del invierno. Lo demás, sólo el recuerdo que no sé cuánto tengo de esta...”
Un chirrido quejumbroso le detuvo la mano. Era ella. Por fin la había encontrado. El, que siempre había pensado cómo sería el encuentro, la ve frente a él, desnuda toda, provocativa.
—Entra —le dice.
—No, gracias.
—¿Ya no me quieres?
Una pausa se traga el aire circundante. Saca un pañuelo. Se limpia el sudor de la frente y el cuello.
—Fue una equivocación— la mira fijamente y da la vuelta.
No en vano los campesinos lo veían con recelo. ¿Cómo ocurrió todo aquello? En la oscuridad, un llanto horroroso recorre el pueblo. La inundación del río fue provocada por su atrevimiento. ¿Quién le había mandado a buscarla? Ese era un secreto. Cuando la gente pasaba por ahí, se persignaba. “Un misterio oculto guardan esas paredes altas”, decían. “El que entre, entrará para matarla”.
Por una operación milagrosa, se vio junto a ella. La besaba; la estaba teniendo y deseando cada vez más. Había, de inmediato, nacido. Correría la misma suerte y volvería algún día a la misma puerta.
Los periódicos, en la Capital, lo anunciaban: “Después del horrendo asesinato, una sombra acabó con su vida. El loco, el solitario personaje de la aldea ha desaparecido —para bien de la comunidad— para siempre”.
Ahora mismo, allá donde los floreados campos de la vida que se agosta recuerdan los viejos tiempos, los campesinos reunidos celebran que J. V., recién nacido, sea anotado en la Historia por una mujer que dice no ser su madre.
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Pedro Correa Vásquez
Publicado en: Revista Lotería. No. 363, noviembre-diciembre, 1986. Lotería Nacional de Beneficencia, Panamá, 1986.
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