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POEMAS PARA CUERDAS,
por Ángel Revilla Argüeso


POEMAS PARA CUERDAS

(Homero Icaza Sánchez)*

Poemas para cuerdas. Río de Janeiro: Philobiblion, 1956, 17 x 24.5 cms. 78 págs.

Portada de Poemas para cuerdas

El primer libro de Homero Icaza — Primeros Poemas — ya encierra el tipo de metáforas con problemas metafísicos. Hay en él la angustia. Le falta la fe, de cualquier tipo que sea. Pero le falta. Se le ve con un compás en espera de orientarlo hacia un punto determinado. Tal vez sea ese uno de los motivos entre publicación y publicación, tan distanciadas. Esos grandes silencios de Homero — como le ocurrió después de su segunda obra (Envío de Navidad) —justifican abiertamente ese problema que tanto le molesta.

En cuanto al amor, pareciera que el poeta no creyera en él. "El hombre moderno no ama", nos dice. Hay una serie de circunstancias en la forma de vida que no lo dejan amar. Y cuanto menos ame el hombre será devorado por el mundo que lo circunda.

"La única defensa que el hombre tiene contra el mundo que lo rodea fuera de la fe, es el amor". De ahí su aferro constante —más, violento— a los recuerdos de la infancia y a la figura de la madre.

No se le puede considerar como un poeta esencialmente panameño si es leído por un extranjero. Ahora bien, si se hiciese un estudio profundo de su obra, no habrá duda que rezuma el panameñismo cada dos por tres. Y es panameño por la actitud lírica ante la vida; por la alegría; por una cierta picardía; por esa especie de valentía, en el sentido de no temerle a las cosas; por la indisciplina; por esa borrachera de color que le acunó en el trópico; y, en parte, por su musicalidad. Porque el panameño es muy musical en sí, aunque esa música no tenga los alcances —tan convencionales a veces— de lo clásico. Música que se asemeja mucho al deje árabe, que es la saloma, el grito del interior. Un grito espontáneo ante el fenómeno natural, un grito de queja.

Y también Homero —cómo no— se siente panameño en aquello de percibir el problema primero, y después estudiarlo.

Pero vengamos ya concretamente a una de sus últimas obras: Poemas para cuerdas.

En este volumen, —casi todos sonetos—, Homero trata con exclusividad tres grandes temas universales: el amor, el sexo y la muerte, como también las relaciones que existen entre ellos. Estos tres puntos han servido de inspiración para los grandes líricos y de medios flexibles para ejercitarse en procedimientos poéticos. Tanto han dicho los grandes artistas acerca de estas ideas que sería menester la originalidad y la sensibilidad de un extraordinario poeta para abrir nuevos caminos en este terreno arduo. Y Homero lo logra. Sus personajes y figuras se hallan muy lejos de ser alegóricos o simbólicos.

Tampoco hay que querer descifrar a sus frases por medio del significado propio de las palabras, sino como detectores ingeniosamente inventados para descubrir la musicalidad. Una musicalidad subrayada por el uso frecuente de colores y de los medios sensoriales.

Haciendo énfasis en esta característica para realizar el análisis de su obra, ésta podría dividirse como una pieza musical. Los Sonetos del Amor primero y segundo y el Soneto de la Muerte forman la obertura de la obra; sigue un allegro con el Soneto de la Gacela; un andante, el Soneto del Hijo Pródigo y Soneto del Amor Vegetal; un minué con el poema Nocturno; y termina la primera parte con un nuevo allegro: Nocturno. Sigue entonces descripciones de paisajes, personajes y recuerdos personales del poeta, los cuales, tanto en su estructura como en la coordinación de las palabras, también guardan una gran sonoridad.

No nos extraña esta tendencia musical del poeta. La música de cámara es su preferida, por ser como una cosa íntima. Y ello se debe a que conlleva más problema de composición que la sinfónica o de concierto. Hay más autonomía de voces dentro de la primera que en la orquesta. De ahí su preponderancia en esta poesía.

En los Sonetos del Amor y en el Soneto de la Gacela, el concepto del amor está expresado de manera oscura, egoísta y casi podría decirse superficial. Es absurdo pedir un amor verdadero sin sufrimiento ni dolor, siendo el amor una entrega completa y desinteresada del ser. Desde luego, aquí se abre la gran pregunta acerca de si el hombre moderno de nuestro tiempo es capaz de dar o de percibir un amor tan idealizado y romántico. Homero se da cuenta de esta cuestión, mas no trata de penetrar en ella a fondo; ni le interesa. Se trasluce la incertidumbre y la inseguridad; abundan las paradojas; mas detrás de ellas el lector escasamente puede hallar una verdad filosófica, sino interrogantes de formas gongorinas.

Al preguntarse el poeta el “porqué de la vida en el Soneto de la Gacela, revela su angustia de vivir, su ardiente deseo de encontrar una razón para su vida, un valor sólido y estable en el ser. Se dan diferentes respuestas a estas preguntas.

Mas en todas, de uno u otro modo, aparecerá el vocablo “servir”. Servir, ya sea a una persona, a la humanidad, a una causa, a un principio o al Creador. Claro está, si con un egoísmo erróneo se trata de evitar esta palabra, será muy difícil, si no imposible, llegar a una conclusión.

Miedo y ansiedad se combinan en los versos de este poeta que hace preguntas constantemente y a la vez teme hallar las respuestas. Teme la pasión. Siente temor ante la vida, ante el amor y, en cierto modo, ante la muerte. Un miedo característico del hombre moderno, que aparenta ser superficial sin serlo por completo, pero que es incapaz de penetrar hasta el fondo del misterio del corazón humano. Que se deja arrastrar hasta el fondo de su alma.

Se encuentran con frecuencia los temas de la fugacidad del tiempo, del amor apasionado y de la llegada de la madurez en el hombre. En Soneto del Amor Vegetal y Serenata, el poeta se muestra incapaz de distinguir entre amor y pasión, cosa comprensible, puesto que los dos van íntimamente unidos y es difícil señalar dónde termina lo uno y dónde empieza lo otro. El hecho de que tampoco pueda hallar la coordinación entre los dos elementos constitutivos del hombre, —que son cuerpo y espíritu—, es de mayor gravedad, ya que el hombre no anda por el mundo a tientas, porque habrá de amar ciegamente.

Otros valores, aunque completamente distintos, pueden encontrarse en los poemas Carta a Mi Madre y Necesario, que introduce al primero. En Carta a Mi Madre, el más logrado en forma y contenido, el poeta viste de palabras al amor profundo que siente por el ser que le dio vida, el dolor y el remordimiento que experimenta al pensar de haberla herido. Reconoce sus errores y siente “el sabor amargo” de la culpabilidad al recordar tantas responsabilidades no cumplidas. Recuerda con dulzura melancólica los años inocentes de su niñez, pero admite que aquel ser se está muriendo, dando lugar a otro individuo completamente distinto, duro de corazón, que ya no parece ser hijo de aquella mujer. Expresa con amargura todo el problema que le mortifica y que trasluce en poemas anteriores. Siente el contraste entre la cosa juvenil y el sentir el problema seriamente como hombre adulto.

En ese momento se da cuenta que la memoria de la madre y de la patria no pueden sustituir su angustia metafísica.

Volviendo de nuevo a su musicalidad, ha de mencionarse el Soneto de la Gacela. Aquí se destaca la ligereza de movimiento de este animal, que se refleja en la musicalidad de los vocablos usados por el poeta:

Xilografía de Manuel Segalá en Poemas para cuerdas

Palabras como “desprevenida”, “salto”, “alejar” y “huir” implican esta sensación de movimiento, como también el ritmo de las sílabas, distribuidas de tal modo que se hallan acentuadas tres en cada verso. Mas esta ligereza y agilidad se destruyen cuando entra la reflexión del poeta sobre el sino fatal del animal. Herido de muerte por los cazadores, sus pasos se tornan más lentos. Y, de pronto, como entre un torbellino de tambores, vuelve el mismo movimiento presuroso, ya no despreocupado y ligero, sino desesperado y desafiante.

Otro poema que llamará la atención al lector, no por su tema ni por su gran profundidad, sino por su musicalidad y forma extraña, —que contrasta con los demás poemas—, es Prometeo. Para entender, o más bien acercarse, un poco a las ideas del poeta, el preciso recordar la leyenda de Prometeo. Este es conocido como el dios o genio del fuego y el iniciador de la civilización humana. Después de haber formado al hombre de barro, quiso animarlo y robó para ello el fuego del cielo. Júpiter, para castigarle, le envió a Pandora. Sabemos cómo el Titán descubrió el ardid. Fue clavado por Hefestos, —según orden de Júpiter—, en el Cáucaso, donde un buitre le devoraba el hígado. Pero Hércules, finalmente, libróle de aquel suplicio. Por medio de esta leyenda pueden explicarse las imágenes de “hígado”, “fuego”, “dolor” y “roca”. Mas si la imagen del cuervo sustituye a la del buitre de la leyenda, —cosa que no parece muy probable, o si es el símbolo de un sino fatal, como comúnmente se usa—, resulta difícil decirlo. En sí, todo el poema es un juego de palabras que consta de setenta sílabas distribuidas en cuatro estrofas, rítmico por la composición de éstas. La combinación de vocales llenas y débiles, — la “e” se usa 28 veces y la “o”, 24 —, confieren una sonoridad especial al poema. Es interesante observar que estas dos vocales también aparecen en el título del poema “Prometeo”.

Otro poema que se destaca por su musicalidad es Canción para una negra. Sobresale tanto por su valor descriptivo como su sensualidad erótica. En él el poeta describe con vivacidad a la mujer negra de la región nórdica del Brasil. Crea así un cuadro lleno de color y movimiento. El lector parece sentir ese movimiento de las caderas de esta mujer al compás de los tambores de los nativos. El poeta aquí expresa la idea de que la negra, —por medio de su erotismo y sensualidad innata—, es capaz de embriagar al hombre de tal modo que se borran en él hasta los conceptos del bien y del mal. De ahí que exclama al final: “Dame la profunda gracia de pecar con inocencia”.

El argumento intrínseco de Poemas para cuerdas es, en conclusión, el perenne tema de la búsqueda del hombre, de su propia salvación, de la razón de la vida, del significado de la muerte, transferido a una “fuga”, es decir, a una composición musical que gira sobre asuntos universales, mas con muy poca frecuencia deja de ser aquel hombre angustiado y vacilante que va en busca de su ideal. Una pregunta deja una interrogante aún más grande para otra. Y el autor se halla en un laberinto ante sus propios pensamientos y reflexiones. Lo que la obra es, o pretende ser, lo indica su título: poemas para cuerdas; es decir: música, ritmo, movimiento; una música, una pieza instrumental interpretada con los medios del lenguaje en el cual el contenido de la canción es de importancia secundaria.

Todo esto exteriormente, claro. Pero bien sabemos que todo ello es un pretexto para volver al camino sencillo y trillado que perdió. Y si no, el tiempo nos dará la razón. Al tiempo nos remitimos.

Panamá, abril de 1963.

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* De este poeta —casi desconocido en Panamá, pues lleva 50 años viviendo en Brasil— a mano tenemos su último libro: Las arras del amor, un rosario de sonetos (son XV; éste se monta sobre el primer verso de los catorce anteriores; es muy difícil su estructura; proviene de la poética italiana; se incorporó a la literatura española durante el Renacimiento).

Fue escrito en 1966 a sugerencia de su maestro, el poeta brasileño Manuel Bandeira. En 1978 se lo mostró a su amigo personal, Roque Xavier Laurenza, allá en París, para que le diera su imprimatum. Se imprimió por proceso manual. Edición limitada y fuera de comercio, se hicieron tres tirajes: el primero, para el artística; el segundo se destinó al editor; el tercero, para amigos del autor. Se acabó de imprimir en el taller Lithos Edições de Arte, Río de Janeiro, “con el verde exuberante de la primavera, sobre un fondo de campanas anunciando la navidad de 1998". (Nuestro ejemplar es el número 6/240).


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Ángel Revilla Argüeso.

En: 11 Escritores Panameños. Panamá: Peñacultural, 2002.


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