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Ven, compañera de mi dulce vida,
Ven y reclina en mi hombro tu cabeza,
Que al celebrar la dicha conseguida
Mi alma se extasía en tu belleza.
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Cuántas horas de dicha y de ventura
Me dio tu amor con cariñoso anhelo!
Con los rayos de luz de tu ternura
Alumbraste las noches de mi cielo!
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Ven, que tu linda cabellera de oro
Con sus lampos de sol envuelva mi hombro;
Y embriágame de amor con el tesoro
De esta dicha inmortal de que me asombro!
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Te di mi corazón, te di mi alma
Y en cambio tu alma me entregaste entera;
Y hoy alcanzamos la apacible calma
Que da el amor y la amistad sincera.
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Ven, compañera de mi dulce vida,
Ven y reclina en mi hombro tu cabeza;
Mi amor, siempre constante, nunca olvida
Que jamás se marchita tu belleza.
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Solo quisiera que mi buena suerte
De ese amor en el último embelezo
Me permitiera que al llegar la muerte
Mi postrimer suspiro fuera un beso.
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Revista El Heraldo Del Istmo, No. 22
Publicado el 15 de diciembre de 1904
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