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La patria es un cristal de luces
que estalla en el rostro
de una madre.
Yo la he visto llorar
en los ojos de cera
de los terribles dioses del asfalto
que como árboles de vieja ignominia
se yerguen en las plazas
(calcinadas estatuas de bronce
mármol, granito y podredumbre).
Pero a pesar de ello, el Istmo crece, y crece
y se vuelve ráfaga de amor, rosa roja
en la que ha de culminar el salto.
Yo he visto sangrar la patria
recordándola en una calle
de la Habana Vieja
junto a la estatua de Martí
o en el bosque de Chapultepec
rodeado de mar y flores
junto a la lápida de León Felipe.
También la he evocado desde París
viéndola repartida, pedacito a pedacito,
junto a una hermosa hija de Zola
y tragos de coñac ya que no soy Cardenal de la mentira,
entre trago y trago, para matar un poco la tristeza
y la impotencia de no poder hacerla estallar
entre incendios de granadas y metáforas.
Yo la he visto agigantarse
cual una fruta mitológica
convertida su cintura en roja luna
regresando del rostro de su olvido.
Eso fue en Pekín, junto a un gigantesco retrato
de Mao Tse Tung, en la Plaza de Tian Mien.
Acá, en los cansados barrios del Marañón,
Calidonia, Santa Ana, San Felipe, Curundú,
y en los poblados del lugar patrio, y en los mercados
la he soñado bella, repleta de arcángeles y estrellas
guiando el traspiés de los beodos
de la viejecita reumática que vende flores
día a día, llevando la soledad de los sufridos.
Así te queremos ver patria del alba
que no desdeña a las hetairas
y la harás renacer limpias y sonoras
en el vuelo enamorado de los novios.
Tú has de volver, patria del alma
que recoges la nostalgia
de los pobres que duermen en los parques tiritando.
Así te sigo viendo
patria que se la comen los burgueses
Pero tú volverás a encontrarte patria mía!...
Y si no te liberamos los poetas
juro que lo hará el pueblo en su hora justa
ya que es sagrada flor
que ha de traer el viento.
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