¡Soy la exacta medida del hombre! . . . La esencia ontológica del mismo, Estoy adherida a él como la uva al vino. A veces lo dejo girar en su alocado círculo como una luna roja hasta que exhausto, se decide a morar conmigo en el sepulcro. Mi origen está más allá del agua, de la piedra y del silencio del sonido. Inicialmente fui la lágrima del miedo; y la ternura del rocío, amapola de luz como fruta iluminada arrancada de las entrañas de la tierra. Las estrellas son mis ojos, la lenta pupila que no cesa de observar a mi rebaño apacentarse. La noche es mi enemiga, viajera fugaz, ella trata a través de las caricias corporales, hundir sus dientes mordaces en lo hondo de mi carne, en intento sutil de venganza cotidiana que yo logro vencer a la salida de la aurora cuando el hombre se siente frente al viento.
En el invierno de la vida se nota aún más el eterno dominio de mi reino. Las lágrimas del cielo caen, cual flores licuadas, para arrastrar la miseria de la tierra. Sólo los pájaros entienden el mensaje trinado en las distancias! Es que también el hombre fue un pájaro simbólico que viajó con sus alas, más allá de la imaginación y del olvido. Yo soy la historia del hombre detenida, su propia negación, su más perenne elegía, caracol terrestre en que él se autodescubre a sí mismo, reencontrándose en las lluvias de su ausencia. Tabernáculo que ellos adoran como su más perpetua sombra, soy su eco presentido, el sonido de todas sus palabras, el más sutil lenguaje de su corazón. Soy la biografía del corazón del hombre. Todo el que trata de negarme, aprisionándome con violentos epítetos de odio, termina dándome un beso de ternura en la mejilla. En la mejilla del hombre pues yo soy su rostro de millones de veces repetido. Soy el propio nacimiento de la vida que abandonó su túnica de agua, desde el fondo de los mares para convivir con su propia sombra repetida. Algún día, cuando todos los filósofos de la tierra se reúnan para dar una definición de mi vida, tendrán que decir que soy el jardín en donde nace el hombre triste animal de luz que viaja como vagabundo por el mundo. Sólo hay un instante en que el hombre logra derrotarme, es aquel momento en que logra convertir las rojas lunas en banderas que estallan, pródigamente, en hálito supremo de poesía y revoluciones colectivas. Surge entonces el nacimiento del hombre como una mariposa solitaria elevándose a los cielos.
____________________________
Luis Carlos Jiménez Varela
Publicado en: El rostro de la ternura. Panamá, 1985.
Inicio | Poetas | Poemas a la patria | Himnos | Niños | Historia | Libro de visitas