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Discurso, por
Adolfo García


Pronunciado por el joven poeta don Adolfo García ante el cadáver de
ADRIANO C. VELASCO.

SEÑORES:

Yo no vengo a hacer gala de estilo ni a derrochar imágenes en presencia de lo que ya no es; en los estrechos moldes de la retórica no cabe, ni caber podrá, la sombría manifestación de mi dolor ni la elocuente expresión de mi tristeza.

ADRIANO ha muerto, y mis palabras no han de ser solo palabras, sino que también han de ser sollozos y lágrimas; sollozos del corazón que le hablen tal vez de mi, y lágrimas que, por lo menos, ablanden la dura tierra que ha de cubrirlo para siempre.

¿Y queréis saber por qué'? ¿Queréis que os diga por qué este muerto me entristece y en su presencia me siento como bajo el ala fatal de la más negra de todas las desesperaciones?

Francamente, señores, yo no sé cómo explicároslo.

ADRIANO fue mi compañero y amigo; casi a un tiempo mismo, como mucho de vosotros lo sabéis, emprendimos la marcha por ese tormentoso y dilatado campo de las letras; los laureles estaban allá. . . . . .siempre verdes, y del Sagrado Monte bajaban auras como de esperanzas a acariciarnos en lo intimo de nuestras aspiraciones.

Después llegó lo que llamaremos la época de los mayores esfuerzos que tuvimos que hacer por romper el círculo de presunciones absurdas é imposiciones ridículas, y el círculo fue roto.

Jirones de nuestros vestidos quedaban prendidos de las zarzas del camino, pero eso no nos importaba, puesto que con ellos podían nuestros adversarios vendar las úlceras de su conciencia, y ahí estaba nuestro triunfo.

Y no creáis, señores, que si ante una tumba que se abre, saludo un periodo que se cierra, es porque la ola del tiempo aún no ha borrado las huellas de esa época. No, no lo creáis. Tened presente que sólo ha sido mi intento cumplir con vosotros; haciéndoos el bosquejo moral de este que fue mi compañero de letras y amigo siempre leal, y que ahora lo veis aquí, indiferente a todo, vueltos ya los ojos a las regiones del Eterno Misterio.

ADRIANO! caíste y sin haber exhalado un "¡ay!" antes ni en el instante mismo de caer. Y sólo yo te comprendo; tu silencio repercutirá siempre en mi alma con los estruendos del más espantoso de los gritos.

El cuadro; ¡oh qué cuadro el de tu vida a tu paso por la tierra!

Vivir pobre, pobre y solo, repletos el corazón y la cabeza de lisonjeras esperanzas e ideas grandilocuentes, y al fin morir en una camilla del Hospital. . . . . .Es ese el patrimonio de los hijos del dolor. Verlaine murió así.

Poeta! cuánto amaste en la tierra, y sin embargo, tu tumba será de las más tristes; sobre ella acaso no se abrirán las rosas del cariño ni las inmortales del recuerdo. Así será la mía. . . . . . Duerme.


ADOLFO GARCÍA

Publicado en: El Lápiz, año VI, número 71, Panamá, septiembre 8 de 1899.



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