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Pozos de Calobre,
por Sergio González Ruiz

I

¡Pozos de Calobre!
Fuentes de ardientes aguas,
sangre de la entraña misma de la montaña,
que apaga sus ardores,
al dulce contacto de cristalinas linfas,
rumorosas y frías.

Hay un misterio telúrico en este hondo Valle
como profunda herida,
abierta en el lomo de los cerros gigantes:
Un rumor incesante y un correr sin cálculo
de las aguas del río, ante árboles impávidos;
el aspecto ceñudo, siempre igual de los cerros;
un cielo azul sin nubes, entre claros de espejo
que dibuja el follaje en la estrecha cañada;
y piedras, piedras grises que arrojó sin tasa
la fuerza  del averno;
     Y entre ellas, hundidas en la tierra,
     como dedos de gigantes,
     las raíces de los árboles
     como garfios, aferradas a las piedras.

Fácil es imaginar la avalancha de las aguas
por ese cauce estrecho, en época de lluvias.
Fácil también adivinar la angustia
de los árboles que luchan
con la fuerza que arrastra,
para no ser barridos, por la ola tremenda
de las “cabezas de agua”;
y la sed desesperada de los árboles lejanos,
trepados en las cuestas,
     inmóviles, extáticos,
     mirando siempre al río,
     bajo el sol de estío
     y la sequía tan lenta. . .
¡qué terrible tragedia la del árbol,
clavado siempre en tierra,
sin poder corre y hundir sus pies en la agua fresca!
o, enamorado tal vez de alguna flor o de las linfas,
no poder caminar
ni bajar su frente erguida
para poder besar.

Tal vez por eso cantan o sollozan
sus pobres ramas mustias,
al compás uniforme de la música,
de las aguas quejosas. . .

II

Hoy los indios han venido. . .
Por inverosímiles caminos
descienden de las cumbres,
con el polvo del sendero sus pies de tierra confundidos.
Enigmáticos, callados, sudorosos, jadeantes,
bajan con sus cargas de verduras y aves,
con sus pobres productores. . .
El dueño del Hotel les da unos pesos
y se quedan contando, sin estar muy seguros. . .
Bajan también las indias,
con sus piernas redondas, morenas, cobrizas,
con el alma en los ojos muy negros que brillan
y su eterna, infantil, inefable sonrisa.

Perezosos los llaman, pero ellos
tienen que vencer la selva, el río, las piedras;
la sequía y el sol de fuego;
el tigre y las culebras;
la malaria y los insectos,
la lluvia, la tormenta. . .
Miran de día un cielo azul y plácido
y una media luna o pleno sol;
ceñudos cerros imponentes,
orquídeas y helechos, entre rudos peñascos,
arbustos y árboles que son nidos de amor;
(Arboles felices que beben en cristalinas linfas
y árboles sedientos que agonizan. . .)
Una Venus que sonríe y Marte que conversa,
desde un poco más arriba de la cresta de los cerros;
pero su lecho es duro, pobre su mesa,
y limitados sus sueños,
¡Larga su esperanza y negra su miseria!

Perezosos los llaman y, sin embargo, ellos
viven, sufren, y no se quejan.
Tienen sangre de Urracas, Parises, Quibianes;
son parte de la entraña misma de esta tierra
y en sus pechos alientan almas de titanes.
En cada panameño hay algo de su sangre,
de su tesón, su desdén, su indiferencia. . .
Y mucho también de su dolor.
Son como esas piedras gigantes,
corazón de los cerros,
inconmovibles, duros y durables,
cual los sueños,
de los que sentimos por lo nuestro, amor;
levadura de las razas
que pueblan este Istmo que es mi patria,
¡Istmo bendito de Dios!


Del libro: Momentos Líricos


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