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La Serenata ha muerto, por
Ignacio de Jesús Valdés


¡La serenata ha muerto!

Idos son aquellos tiempos en que se hacía la declaración amorosa, que nunca hubiera salido de los labios tímidos frente a la mujer que impresionó nuestro corazón, con una canción al son de la guitarra, entre dos piezas de la mandolina trémula, bajo la luz de la luna, mientras el agente del orden “ se paseaba pausadamente en la bocacalle, bonachón y comprensivo, recordando también tiempos de juventud.

Idos son aquellos días en que se reclamaban indiferencias e ingratitudes con estrofas que escribieron Julio y Manuel María Flores, Gutiérrez Nájera, Peza, Pombo y Jorge Isaacs, y que el trovador nativo musicalizaba con penas de su propio corazón, bajo la ventana de la mujer amada!

Ya se fueron aquellos días en que se decía el adiós tembloroso de emoción cabe el balcón florido, al son de las guitarras, la flauta, las bandurrias y el tiple!

                                               *  *  *

¡La serenata! ¡La serenata!

¿Quién podría definir la emoción de la doncella a quien la hermana despertaba toda excitada, susurrándole al oído:

-¿Oyes? ¡Están templando! ¡Una serenata!

Y allá en la esquina oscura, se oían los últimos alertas e instrucciones de los músicos que, como conspiradores en un complot, se repetían, en nervioso siseo:

-¡Dame el “la”!

-¡Rompamos con “ Las Hadas”!-, y otras órdenes por el estilo.

Y, cuando la orquesta deshacía el silencio preñado de luna con las notas alegres de una marcha o un pasodoble, ¡como danzaban por los aires estremecidos, los espíritus de nuestros abuelos, despertados de su largo sueño, al conjuro de las guitarras y los violines!

                                               *  *  *

¡La serenata ha muerto!
¡La mataron el jazz-band, la carretera, el ron and cock!
¡La asesinaron el high-ball y el “paseo afuera”!

Ya no palpita presuroso el corazón de la novia ante la sorpresa de un arpegio perdido en la noche, sino ante el berrido del klaxon del automóvil o el rechinar del “breque” bajo sus balcones.

Ya no halaga su oído la modulación de la flauta o el acorde de la guitarra, sino el silbido vulgar y chulesco que antes no se oía sino en las penumbras trágicas de las calles de los burdeles!

(Ahora, como entonces, o como en aquellos lugares, se ve aparecer la sombra blanca en el balcón, hacer la señal convenida con la mano, y bajar presurosa las escaleras. En aquellos lugares, para entregar la ganancia del día al  chulo; en éstos, para acomodarse al lado del galán prosaico diciéndole mimosa y repelente: ¡Písate no más!

Ya los visillos de las persianas no se entreabren  pudorosos para ver sin ser vistas, al enamorado que trae la serenata, al autor de esa delicada atención. Ahora se grita a la sirvienta:

-¡Asómate a ver si es un “roadster” amarillo o un “limousine”, oscuro!
- No es “roste”, niña, ni el “Lemusín”, ¡es el del fotingo!
-¡Entonces grítale que no estoy!

                                               *  *  *

¡Oh, días de la serenata! ¡Cómo han vuelto a mi memoria con la lectura de los propósitos de estos muchachos, simpáticos artistas  y soñadores.

Sea para ellos mi voz de gratitud y de cariño.

Cruzados de una ilusión, de un ensueño extraño en nuestros días de la rumba vulgar, del son descocado, del danzonete insolente cuyas “letras” enlodan tantas bocas rojas de artificio sin enrojecer las mejillas púrpuras del barniz….

Ya no cantamos. Para eso hay discos.

Ya no aprendemos a tocar la guitarra, la mandolina o el tiple.

Para eso está la radio.

Ya no tratamos de embriagar a nuestras novias con la canción de nuestras serenatas. Para eso está el “ron-and-coc”.

Y el silencio de nuestras calles ya no es violado por arpegios tímidos, por acordes y susurros escapados como de instrumentos y labios de conjurados en la sombra.

Hasta la luna parece brillar sin gana. ¿Para que alumbrar tanta vulgaridad?

Los enamorados le huyen. Allá están, en un salón de baile de las afueras, a media luz, en el rincón de un “Beer-Garden” acurrucados en un automóvil, suspirando  al contacto de la caricia lasciva y recíproca de las manos invisibles.

Mientras, del alto parlante sale disparada la voz que aulla en bárbaro una canción que puso en boga un sindicato musical, que trajo el último correo aéreo y que la muchacha tatarea aunque no entienda: ¡I might call you my angel!

                                               *  *  *

¡La serenata ha muerto!

¡La serenata ha muerto!

La asesinamos… la dejamos morir; porque hoy día es pecado ser romántico, porque es un crimen hoy día llevar en el alma una lucecita azul, un rayito de luna, un arpegio. ¡Quisimos vanagloriarnos, cada uno de nosotros, de ser un verdugo!

¡Descansa en paz, serenata, bajo tu sudario de luna y de armonías!


Nacho Valdés.

Cuento publicado en: Alma.



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