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La Telegrafista, por
Ignacio de Jesús Valdés


Korin Palacios - Telegrafista - Ene. 2013

Ante el trajín de la vida diaria nadie quizás se ha detenido a reflexionar por unos cortos instantes sobre la labor de la Telegrafista.

Sacerdotisa humilde que oficia con tesonero afán en las aras del Deber, para ellas sagrado, pues participan del sigilo de la Confesión, pasa las horas del día y aún las monótonas y cansadas de la noche inclinada sobre su ardua labor.

El crepúsculo vespertino pone sobre su frente la aureola roja de sus últimas irradiaciones que se cuelan por los ventanales.  La noche la cobija con su negro manto de sombras, convidándola al reposo que merece y que el deber le niega, pues nuevamente vemos que las sonrosadas luces de la aurora la sorprenden enclavada al vibrante aparato absorta en su tarea.

Ante la voz imperiosa del Deber, de la cual es hija sumisa, se olvida por completo de todo lo que pasa a su alrededor lo mismo que de las lícitas expansiones a que es acreedora.

Sacerdotisa inviolable, daría mil veces su vida antes que  revelar los secretos que encierran los mensajes que a diario transmiten o reciben en la forma misteriosa de aquel tic-tac monótono que hace imprimir a sus dedos un movimiento rítmico.

Cuántas veces no se habrán estremecido y habrían sufrido crueles torturas al sentir en las vibraciones de la cuerda algún mensaje que encierra un peligro para un ser querido y que, sin embargo, se ven obligadas a callar! Cuántas veces se han alegrado antes que nosotros  cuando reciben alguna noticia grata, se han entristecido y nos acompañan en  nuestro duelo cuando aquellas vibraciones envuelven lejanos sollozos!

Y, sin embargo, nadie toma en cuenta tanto desprendimiento y abnegación por el bien público, ese público que a pesar de tenerlas por esclavas sumisas se hace el indiferente y nunca tiene para ellas una frase cariñosa, antes al contrario, reproches, como si la retribución monetaria que por sus servicios reciben, les quitara el derecho de ser acreedoras al reconocimiento sincero!

Respetemos a esas abnegadas sacerdotisas, inviolables vestales del templo sacro del Deber, y rindámosles con nuestro cariño el noble tributo de los corazones generosos: la Gratitud.


Nacho Valdés.

Cuento publicado en: Cuentos panameños de la ciudad y del campo.



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