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Vida Rota, por
Ignacio de Jesús Valdés


Korin Palacios - Tristeza - Ene. 2013

Su historia? Una historia dolorosa, un calvario que comenzó el día que tropezó con ella en su camino.  Felices su primeros años, triunfal su entrada a la vida, rosado el pórtico por donde penetró a su efímera juventud..

Hoy que el Carnaval con su loca algarabía turba la tranquilidad de esta hora, recuerdo la historia trágica de aquel desventurado que encontró en un Carnaval el principio de su catástrofe moral.

Podréis creer que fue una serpentina la que amarró fuertemente para destrozar después, la vida de Guillermo Rodolfo?

Fue en el teatro, en una noche de Carnaval.  Él, el Poeta mimado de las mujeres, el que a su paso dejaba una estela de admiración, el que se había reído del amor femenino porque nunca creyó en él, a pesar de que lo cantó en apasionadas estrofas, sentado en una butaca dejaba divagar su fantasía por países de ensueños.  Las serpentinas y confetis en vistosa policromía tejían de un lado a otros intricados jeroglíficos, y allá fuera, una murga carnavalesca dejaba oír los alegres acordes de una danza de moda…. Pero nada de esto logró sacar de su abstracción a Guillermo Rodolfo:  fue una serpentina!  Una serpentina que bajó de un palco y rozó su cara levemente.

El Poeta alzó la vista y sorprendió el brazo extendido aún.
Una sonrisa tuvo el mágico poder de dejarlo como ensimismado contemplando aquel semblante de mujer.

Y de allí arrancó su amistad.  Una amistad cada vez más íntima y espiritual; jamás conoció Guillermo Rodolfo una alma tan identificada con la suya.

En las tardes otoñales, él le recitaba en voz baja y arrulladora sus versos color amatistas, versos que ella escuchaba con delectación y arrobamiento.

Y así lo enroscó aquella serpiente… y un día supimos con dolor que el Poeta había sido uno de los vencidos de la Vida… Su arpa antes sonora y llena de melodiosas y variadas cadencias, enmudeció para siempre...

Su fuente de inspiración se seco y se volvió un receptáculo de hiel de donde surgía un odio implacable a la vida que lo había vencido para siempre.

Y vino entonces el desencanto.  Aquella mujer que sólo lo amó por sus versos, aquella mujer que no lo creyó digno de una altivez ni de una rebeldía, quiso imponerle las horcas caudinas de un impertinente y fatuo orgullo que él no toleró, de donde vino aquel distanciamiento moral, aquel divorcio que es el legítimo porque es el corazón el que lo decreta ya que también fue él el que impuso aquel cariño.

Y maldijo entonces su numen, sus versos, maldijo aquella noche fatal en que una serpentina rozó levemente su rostro.

Y una noche mientras el sol de Febrero se despeinaba sobre las calles de la gran ciudad convulsa y delirante en el entusiasmo de un Martes de Carnaval, Guillermo se despidió de la Vida, de su vida rota, con los pulmones consumidos por el vicio, mientras que de sus labios descoloridos salía la última maldición para aquella mujer, y en la calle, entre los desaforados acentos de una murga se oía la voz fresca y femenina de la pérfida que cantaba

“Yo quiero que tú me lleves
al tambor de la alegría….!”


Nacho Valdés.

Cuento publicado en: Cuentos panameños de la ciudad y del campo.



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