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A la Luna
por Justo A. Facio

¡Oh Luna, Luna,
cuán dulcemente resbalas
por el éter cristalino
sin nube alguna
que descolore tus galas,
mientras que sigue tus huellas
del cielo en el manto fino
fúlgida corte de estrellas.

Cuál me embeleso
cuando pasas indecisa,
y al mirarte tan hermosa
te pido un beso
en el soplo de la brisa,
o en el rayo transparente
que apenas temblando roza
mi descolorida frente.

Ay! si le siento
tanto me consuela, tanto,
tu luz amorosa y grata
de mi tormento,
que hasta recobro el encanto
por largo tiempo perdido
de que me priva la ingrata
que así me tiene afligido.

Tú sabes, Luna,
que aunque la idolatro ciego
no se cura de mi lloro
que la importuna
ni escucha fina mi ruego:
por eso me ves tú sola
el desdén de la que adoro
lamentar bajo tu aureola.

Sí, ya me viste
a la luz con que refleja
tu misteriosa tristura
errando triste
cuando en són débil mi queja,
que en el silencio resbala,
gimiendo va de ternura
del cefirillo en el ala.

Que me entretiene
bajo tu dosel sentado
murmurar la pena grave
que así me tiene
el corazón lacerado,
pues pienso en mis agonías
que tu destello más suave
consoladora me envías.

Si por mi suerte
compasiva cual tú fuera
la ingrata cuyos enojos
me dan la muerte,
yo tu hermana la creyera,
porque hay de tu luz preciada
en sus dulcísimos ojos
la claridad argentada.

Mas ay! aunque ella
en sus ojos te retrata,
tú eres reina de la altura
por ser tan bella,
ella es reina por ingrata, -
pues se burla de mi lloro
y de la misma ternura
con que rendido la adoro.

Pero la pena
que con su enojo recibo
halla en tu faz argentada
triste y serena
no sé qué dulce atractivo:
por eso, Luna, en mi duelo
vengo en la noche callada
a contemplarte en el cielo.

Porque inspirado
al verte en mi desvarío
pálida hacer tu sendero 
tan prolongado,
que eres una reina fío,
nunca de allí destronada,
a quien amor traicionero
lleva con la faz velada.

Que esa tristura
con que ilumina tu lumbre
dice de un alma intranquila
que amor tortura
la infinita pesadumbre, -
pues, Luna, no es llanto tuyo,
que amor vierte, el que titila
de la flor en el capullo?

Tu rayo triste,
del alma que ama delicia,
que con azul transparente
la noche viste,
no es una dulce caricia,
acaso un beso, una queja
que tiembla sobre la frente
del ingrato que te deja?

Ah! pobre, pobre,
si es el amor quien te daña…
nunca será que en la vida
calma recobre
el que lamenta su saña:
yo te lo digo, pues quiero,
y quien me causa la herida
sabe que de ella me muero.

Sigue y recorre,
Oh Luna, tu eterna vía,
sin que de tu faz en tanto
el tiempo borre
tan suave melancolía, -
que a su apacible destello
hasta mi rudo quebranto
me parece dulce y bello.


Noviembre de 1878.
Publicado en: Costa Rica Ilustrada, Año I, Número 9, San José, Costa Rica, 22 de octubre de 1887.


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