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Ella
por Justo A. Facio

El mundo de tristezas en donde habito
yo recorro con ansias de vagabundo
en demanda perenne de su existencia;
pero sé con despecho que es infinito,
pues sólo me acompaña por ese mundo
una sombra doliente: la de su ausencia.
Silencioso misterio, calma nocturna
envuelve con un velo de somnolencia
mi espíritu agobiado por la demanda,
porque no tiene un ángel que lo dirija:
mas aunque sin apoyos, a tientas, anda,
como si fuese de astro luz taciturna
su sombra solamente me regocija.

En ella, sólo en ella, de gozo lleno
yo reposo mis sienes con desvarío,
como el niño las suyas en puro seno
cuando bajo el harapo que lo cobija
busca dulces tibiezas y tiene frío.

Ella para mis sueños de oculta gloria
es la virgen con alma de sensitiva,
a quien busco sin treguas en mi desvelo
por los ámbitos tristes de la memoria;
mientras que sus recuerdos la mente liba
como una mariposa de extinto vuelo,
que, las alas deshechas en torpe giro,
en un haz de azucenas quedó cautiva.

En silencio por ella sufro y deliro,
pues en los abandonos de mi ternura,
de mis divagaciones entre los trazos
percibo dulcemente que me tortura
un impulso vibrante como de abrazos;
porque bajo el empeño que lo sublima,
llevado por la llama de su hermosura
en un ardiente anhelo como de cima,
el ángel luminoso de mi memoria
por escalas tejidas con áureos sueños
asciende tras sus huellas hasta la gloria;
o si mis ojos rinde con sus beleños
ella viene a buscarme cual si viniera
del vaporoso limbo de los ensueños;
pues vivo de embelesos y solitario,
a la visión atento de su quimera.

Un crepúsculo tibio que no deslumbra
ilumina mi mente como santuario:
en su recinto lleno de tristes galas
descoge sus cendales una penumbra
que con diafanidades de tules fuera
semejante a reflejo de sombra de alas.
Entre el velo que cruza la vasta nave
la grandiosa pupila de Dios alumbra
de soberbias auroras a la manera;
mientras al claroscuro que la recata,
esta pasión que sólo del cielo sabe
su aliento como de ángel enamorado
con lentas vaguedades en él dilata!

Oh pasión que mis savias rejuvenece!
hasta en la misma selva de mi pecado
a sus fecundos soplos el bien florece!
Oh pasión que a los senos de Dios eleva!
¡Atado por mis culpas al bajo suelo
como réprobo triste yo soy que lleva
en la mente rebelde fulgor de cielo!

¿Cómo este amor sencillo solo resiste
de los humanos vientos a la mudanza?
Mi amor es como roca por su firmeza:
sobre la altiva cumbre, fugaz y triste
no fulgura el reflejo de la esperanza,
a los falsos halagos firme y sereno,
tiene al incorporarse de gloria lleno
la hermosa contextura de la grandeza!

Este amor en el alma jamás perece,
como que es de mi vida la sola esencia.
¿No muda el ser la forma de que reviste
si, por la ley sacrosanta, de su organismo
se evapora el aliento que lo enaltece?
Así mientras yo viva mi amor existe,
porque él es el aliento de mi existencia.
¡Imposible que muera: si soy yo mismo!

Nutrida por la savia de la ternura
que de mi acerbo llanto jugo recibe,
esta pasión se yergue sobre mi seno
como flor de pureza que arraiga y vive
cabe una yerta losa de sepultura.
¿Es la flor que en las tumbas gentil asoma
acaso menos pura porque del cieno,
que más pujantes savias en él encierra,
sus galas esplendentes para ella toma?
Mi corazón deshecho por el martirio
dijérase que imita vaso de tierra
donde lozana planta de suave aroma
rivaliza en pureza con albo lirio!

Cuando siento un anhelo como de cumbre
que pone fuerza de alas en mi delirio,
llevándome al acaso por otra esfera,
este amor que mi mente gozosa impele
hacia el mundo radiante de lo divino
a los cielos enlaza mi podredumbre.
El me salva tan sólo: cuando yo muera
quizás entre sus brazos el alma vuele,
cual en brazos de un ángel, a su destino!

¿Quién supo de ventura más acabada?
Hoy extinta su gloria  noble y risueña,
jamás el pensamiento concibe o sueña
en sus santas fruiciones como ella, nada!

Empero, deleznable, como lo humano,
como cuanto queremos con más porfía
de lo que para encanto del alma existe
una mano de sombras nos lo arrebata,
la gloria que en silencio gozaba ufano
es filtro de amarguras desde ese día,
aciago y tenebroso, mil veces triste,
en que mi pobre techo dejó la ingrata!

Es una breve historia, de llanto sólo:
las vigilias pobladas de llamas rojas
en noche por intensa como de polo;
pesadez de silencios y de congojas,
en la seca garganta dogal de angustia,
humedades de lloros en la mirada….
ella, en la escena, luego, pálida y mustia,
con los albos adornos de desposada!

¿Es una desposada? De boda emblema,
aunque tiene la niña sólo seis años,
las flores de la novia que Dios aliña,
las pálidas y blancas y sin engaños,
entretejen y forman esa diadema
que luce tristemente la dulce niña
¿Dónde espera al esposo la desposada?
Con laconismo grave, pero que aterra,
bajo un fresco ramaje de tuberosa,
sobre el frío testero de su morada
que a mis ávidos ojos huraña cierra,
dice con negras letras: “Aquí reposa…..”


Publicado en: Cuartillas, Número 5, San José, Costa Rica, 15 de mayo de 1894.


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