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A Panamá
por Justo A. Facio

Al ilustre panameño señor
Doctor Don Pablo Arosemena

Yo estaba lejos, lejos:
mi ardiente fantasía
muy grande te soñaban,
cuando ante mi surgía,
velada por el tiempo,
tu dulce aparición;
mas ay!, a la matrona
en ti buscó mi mente
y me encontré con que eras
el miserable cliente
que marcha resignado
a zaga del patrón.

Ni eras, al sumergirte
en gua de indolencia,
el mísero que compra
su inútil existencia
al precio ignominioso
de vil pasividad:
ah!, cuántas veces, cuántas,
con su falaz reclamo
a lucha fratricida
logró lanzarte el amo
por un mezquino engendro
de torpe libertad!

Sencilla y denodada,
pletórica de brío,
vio el mundo, sin embargo,
en el sangriento lío
frisar con lo grandioso
tu esfuerzo varonil:
yo no amo los combates:
su saña me horroriza:
pero, al incendio rojo
de la remota liza,
admiro en ti a la virgen
intrépida y gentil.

Mas, oye: no te engrías:
ese brutal coraje
es el instinto fosco,
malévolo y salvaje
con que la bestia hirsuta
se lanza al redondel;
despedazados ruedan
a su feroz zarpazo
desde el hombre potente,
que triunfa por su brazo,
hasta la virgen rosa,
que tiembla en el vergel.

Esa es la gloria, oh patria,
que el universo admira,
cegado por el brillo
de la sangrienta pira
sobre la cual despunta
con bélico ademán;
mientras que, como diente
de ignotas alimañas,
un cáncer silencioso
devora sus entrañas,
la púrpura del césar
sus hombros lucirán.

¡Qué vale, di, su arreo,
si gotas mil de llanto
cual fúnebres estrellas
resbalan por el manto
con que esa maga cubre
su séquito de horror;
si, en la avalancha de horda
con que recorre el mundo,
hasta Natura pierde
el ímpetu fecundo
que hace estallar la vida
en ráfagas de amor?

No era ese imperio el tuyo;
el tuyo era de flores;
mil fuerzas misteriosas
en locos surtidores
sus lenguas agitaban
en torno de tu ser;
era la vida ardiente
que en ancha vena rota
del vaso desbordante
de tu existencia brota,
en ricas primaveras
ya pronta a florecer.

Cuanto tiene, el destino
te daba a manos llenas;
el oro que se cuaja
en límpidas patenas
bajo tu suelo hervía
como átomos de sol;
insignia de tu rango
de reina de dos mares,
para tejer cintillos,
ajorcas y collares,
guardabas tu mil perlas
de vivo tornasol.

Si, patria, tu ceñías
el cinturón de oro
que a Venus hizo dueña
del piélago sonoro
donde rodó su carro
de espumas y coral;
pero, indolente o sorda,
acaso no entendías
la voz de los dos mares
que en rotas armonías
cantaban tu destino
con lengua de cristal.

No te excitaba el hado
a loco desvarío,
haciéndote promesas
de insano poderío,
de gloria sanguinaria,
de trágico laurel;
no es grande el ambicioso
de gloria o servidumbre
que en sus soberbios pujos
por alcanzar la cumbre
sobre la humana estirpe
levanta su escabel.

En tu solar, repleto
de germen y pujanza
compiten bajo el árbol
de bíblica esperanza
la mente soñadora
y el músculo tenaz;
porque en tu suelo puso
el genio del trabajo
sobre la ciencia grave
y sobre el duro tajo
arco iris que promete
un sol de eterna paz.

Por eso al verte, henchida
de fuego repentino,
regir con fe la nave
que lleva tu destino,
tus hijos te aclamamos
con íntima efusión;
radiante la mirada,
resuelto el continente,
ya no eres, no, como antes,
el miserable cliente
que marcha resignado
a zaga del patrón.

Señora de tu suelo,
altiva, si risueña,
en lo alto de una cumbre
eriges hoy en la enseña
donde escribió el Eterno
tu fin providencial,
y, por sendero libre
de oscuras atalayas,
a darse estrecho abrazo
acuden a tus playas
los pueblos que divisan
su mágica señal.
Helos allí que vienen
por una y otra senda
y que reposan luego
bajo tu hermosa tienda,
soñando en la ventura
con plácida inquietud,
en tanto que, a su gesto,
oh patria, condolida,
tú ofreces a los tristes
el ánfora de vida
que infunde en las entrañas
calor de juventud.

Ni te contentas sólo,
de noble afán llevada,
con ofrecer al hombre
tu sal y tu morada,
tu puro sol de fuego,
tu cielo de zafir;
no en balde, no, en tu escudo
vese brillar tu empresa
como estrellado signo
de la inmortal promesa
que en página gloriosa
descifra el porvenir.

Aun eres, sí, más grande;
impávida, tranquila,
sin que el dolor detenga
la mano que mutila,
la estrella de tu sino
por único sostén,
el mundo ha contemplado,
de asombro todo lleno,
cómo sin pesadumbre
te abres el propio seno, -
pelícano sublime, -
por el humano bien.

No importa si el estulto
te befa o te escarnece,
porque en tu virgen suelo
la libertad florece
bajo la sombra augusta
de roble protector;
en su follaje el roble,
como un dosel, te arropa,
en tanto llega el alba
en que su blanda copa
sobre tus hijos tienda
la libertad en flor.

Bajo esa vasta sombra,
como bajo un velario,
los hombres animosos
en grupo tumultuario
se lanzan a la meta
con gozo y ansiedad;
allende la Fortuna
dibuja su silueta,
y quien alcanza al cabo
la suspirada meta
girones de sus ropas
arranca a la deidad.

No con halagos torpes
o fútiles intrigas
tú a la Fortuna, o patria,
cortejes y persigas;
ella prefiere al mimo
el nudo constrictor;
estrújala en tus brazos
con fuerza que destroza
y la verás, rendida,
llevarte en su carroza
hasta la cumbre excelsa
de fúlgido Tabor.

Es ancha la carrera,
magnífica la pista,
y a conquistar el gaje
la humanidad se alista,
en marcha al horizonte
de límpido turquí;
al coro de tus mares,
bajo tu cielo abierto,
resuena en el camino,
como triunfal concierto,
el paso tumultuoso
con que se acerca a ti.

Porque, como una estrella
de la celeste corte,
un solo y grande anhelo,
sirviéndote de Norte,
preside con su lumbre
tu ruta mundanal;
más firme y más potente
que el nexo de la raza,
él solo, -que es idea, -
con hilo de oro enlaza
a todos los humanos
en grupo fraternal.

Prosigue, sí, prosigue
tu generosa brega;
el cerco de tus brazos
con júbilo despliega
para los hombres todos
en una amante cruz,
y que tu faro insigne,
radiante de esperanza,
fulgure entre el misterio
de oscura lontananza
como una flor inmensa
de pétalos de luz.

A los clangores roncos
de bélicos metales
prefiere tu los ruidos
alegres y triunfales
que las colmenas de hombres
levantan en redor,
y que ese canto diga
tu excelso señorío
cuando en tu frente brillen,
como orlas de rocío,
en sartas diamantinas
las gotas del sudor.

En la más alta cima
coloca tu bandera,
y cuando la sacuda
la brisa pasajera
en mil ondulaciones
y trémulos zis-zás,
parecerá el pañuelo
de vivos colorines
con que, a través de climas,
distancias y confines,
a la progenie humana
tú saludando estás!


Publicado en: Anales del Ateneo de Panamá, Año 2, Número 4, Panamá, abril de 1909.


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