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Simón Rivas
(1867-1914)

Cristóbal Martínez

Su verdadero nombre es Cristóbal Martínez De Sedas.Nació el 16 de julio de 1867, en la ciudad de Panamá. Hijo del colombiano Guillermo Martínez y la panameña Petra de Sedas, oriunda de La Chorrera. Realizó sus estudios primarios en una escuela particular del barrio de San Felipe y en el Seminario de San Francisco, a cargo de los Jesuitas. A temprana edad, ingresa a trabajar en la Imprenta de don Manuel B. de la Torre, donde aprende el oficio de tipógrafo.

Simón Rivas, fue tipógrafo, periodista, prosista y poeta. Dejó su obra dispersa en diversos periódicos y revistas literarias de fines del siglo XIX y principio del siglo XX. Sus artículos fueron firmados unos con su nombre verdadero, otros con su seudónimo y algunos solamente con las iniciales S.R. o C. M. Escribió en casi todos los periódicos que circularon en su época.

Fue periodista y director del diario El Cosmo, diario de corta duración, pero que influyó mucho en el desarrollo de la personalidad del poeta.Ya en 1890 lo encontramos colaborando en los periódicos El Cronista, El Aspirante y La Revista. Posteriormente colaborará en El Mercurio, El Duende y El Lápiz. Con Adolfo García redactó La Nube (1894), y editó posteriormente El Istmeño (1903) que mereció los honores de una suspensión gubernamental, por un artículo de Rodolfo Aguilera titulado República, que hablaba de un Panamá independiente. Colaboró en otras revistas nacionales e internacionales. Al iniciarse la República colaboró en El Heraldo del Istmo y Nuevos Ritos.

Cabe destacar que Rivas fue fundador, director y redactor de varios periódicos de su época, siendo uno de los primeros periodistas de su país.

Por su destacada carrera periodística y literaria fue nombrado miembro de honor de la sociedad de la Obra Educativa Pacífica “Nuestros Contemporáneos”, establecida en Roma.

Rodrigo Miró, en Itinerario de la poesía en Panamá,  no dice acerca de Rivas: “Ubicado en un momento de transición para las letras de Hispanoamérica, su temperamento y lo mejor de su obra autorizan a situarlo dentro de la corriente modernista. Hombre imaginativo, sus versos y prosas denuncian extraños influjos. La ingenuidad y el entusiasmo de sus contemporáneos se gozaron en llamarle “el Edgar Poe panameño” con provinciana falta de sindéresis. Pero es una figura interesante que está reclamando el estudio de su labor, perdida en periódicos y revistas. Hay en algunos de sus escritos una visible voluntad del estilo, fruto de paciente factura.

Cristóbal Martínez murió el 16 de julio de 1914, cuando cumplía 47 años, como consecuencia de la peste blanca.


Reseñas



DON CRISTOBAL MARTINEZ
SIMON RIVAS

[…]

De día, en el taller del tipógrafo: en esa imprenta, de la cual ha dicho un varón célebre, que es la “tribuna de la sociedad, el eco del pensamiento, el sostén de las naciones.” y de noche? Ah! Los que sienten bullir en la mente las ideas de la noble ambición: esos en cuyos pechos se ocultan corazones ardientemente apasionados, para quienes los libros son los mejores amigos como dice don Diego Clemensin; sabrán, antes de que yo lo explique, lo que hacía y hace el tipógrafo y literato, de quien trato con particular agrado en estas líneas, estudiar, estudiar, estudiar………

Martínez con el seudónimo de Simón Rivas es más conocido que por su nombre propio.

Ha escrito en varios periódicos de la capital, mucho y muy bien.

A veces escribe con sobriedad y es tan castizo que parece académico estirado; pero otras, se desborda su copa de néctar, y parece que habitará en jardines fantásticos de hadas o en alquelarres de brujas endiabladas. Tal es Martínez como hombre soñador.

Aficionado a las musas, penetra en el Parnaso, las nueve vigorizan su numen y entonces su versificación es fluida, cadenciosa y agradable.

Actualmente Martínez forma parte de la redacción de El Heraldo del Istmo, notable periódico que circula en esta capital.

Antes de poder fin a estos renglones, sépase que Cristóbal Martínez; quiero decir, Simón Rivas, es patriota distinguido por su bríos demostrados en ocasiones de mucho peligro.

Recuérdese que cuando yo escribí mis artículos sobre el Istmo y su independencia de Colombia; y sobre todo cuando escribí el artículo República, por el cual fui enjuiciado, fue en un periódico que redactaba ese buen amigo, llamado El Istmeño el cual fue suspendido en seguida por el Gobierno del doctor Mutis Duran; y recuerde también, si no hay ingratitud notoria –que D. Samuel N. Ramos, como dueño de la tipografía, y Martínez, como dueño del periódico,- se vieron complicados y envueltos en mi enjuiciamiento, por servirle a esta tierra que es tan cara para todo corazón patriota.

Martínez es excesivamente modesto; gústale más la tranquilidad del hogar que el bullicio popular.

Siga imperturbable por el buen sendero, con su guzla deleitable, entone himnos a la patria, a la familia, a la amistad, al amor, y hallará por recompensa, no el vil metal de que hablan los poetas (pero cuyo retintín a todo el mundo halaga) pero si gratitud, y cariños de los que saben amar “todo lo grande, todo lo bello, todo lo poético.”

Rodolfo Aguilera,
en Galería de Hombres públicos del Istmo. Panamá, 1906.


CON MOTIVO DE LA MUERTE DE SIMON RIVAS

Ese, que oculto llevan en negro ataúd de madera, seguido de unos cuantos mortales contritos, digno es del bronce y del mármol; de la canción de elogios y de la corona de laureles. Ese, es digno de todas las prerrogativas que la inmortalidad concede a sus elegidos; es digno de la elegía con que las musas anuncian a los cuatro vientos la desaparición de un varón grande, que si no tuvo la grandeza ficticia de los que a falta de intrínsecos méritos, no pueden menos que vanagloriarse de la grandeza de sus caudales y de la de su insignificancia intelectual, fue un aristócrata del talento, un señor poderoso y fuerte que en los dominios de la intelectualidad elevó un día sobre macizas y sólidas bases el castillo de sus ideas.

Fue uno de esos mancebos que, por lo impetuoso de su carácter, por el fuego de su inteligencia, por el brillo de su imaginación, por lo bello de sus sentimientos y por la miseria fisiológica y pecuniaria que les debilita; parecen ángeles maldecidos, coronados de áureas diademas pero asidos a la roca de la Impotencia por la dura cadena que forja la Fatalidad en sus negros talleres.

Soñadores incorregibles, naturalezas hiperestésicas más finas y vibrátiles que alambres de guitarras; seres que, en su eterna embriaguez de ilusiones quisieran amoldarlo todo a sus gustos, a sus caprichos, andan por los oscuros vericuetos de la Vida, tropezando aquí, resbalando allá, sintiendo puñaladas de espinas en los pies, mientras que sobre sus cabezas vibran aleteos de águilas; mientras que en sus pechos sienten yo no sé qué delicioso malestar—permitidme la unión de vocablos tan enemigos por lo antitéticos—un delicioso malestar que en su inquieto lenguaje de emociones dice de los alientos divinos escondidos en la prosaica armazón de músculos y de huesos.

Antes de caer vencidos por la misma consunción de sus fuerzas vitales, estos hombres— a quienes bien pudiéramos llamar extraterrenos, toda vez que nuestro minúsculo planeta no es para ellos sino campo enemigo—comprenden, con íntimo desconsuelo, que de poco les vale ser dueños de cualidades magnas, si éstas no van acompañadas de cierto porte y de cierta audacia que les permita triunfar en todas las batallas a que les llevan sus siempre incontenibles impul­sos de sublimes quijotes.

Incapaces de hablar el lenguaje de la adulacía; inadecuados para ejercer el papel de actores cómicos en la tragicomedia de la existencia, vierten lágrimas de sangre al advertir que su reino no es de este mundo; devoran en silencio sus cóleras, y prefieren encerrarse en la torre de marfil de su orgullo y luchar contra sí mismos, hasta postrarse en la desesperación de la última angustia.

Época de injusticias y de cobardía esta, en que en el cielo de la Humanidad no se ve más vuelo que el de las águilas doradas; época de injusticia y de desvergüenza, en que el sebo de las reses y la piel de los carneros son mejor apreciados que el libro donde el escritor de valía vuelca el ánfora de su pensamiento—rico vino elaborado tan sólo para gustos amigos de saborear quintaesenciados manjares.

Época de injusticia, de cobardía y de moral miseria, en que el talento constituye motivo de desprecio cuando no aumenta su brillo con el brillo del oro; cuando no es lengua que lame las manos fustigadoras de Zelayas y de Castros; cuando no oficia de sacerdote en los templos de los dioses del dollar.

Canales abren los hombres a través de istmos, al par que la envidia, la vanidad y la infamia abren anchos surcos en la conciencia de la Humanidad.

Mientras los mares se confunden en uno solo—¡quién creyera!—los hombres se repelen, se odian, se matan. Y aquí es donde con más frecuencia se verifica el fenómeno. Nos ridiculizamos mutuamente. Nos devoramos a dentelladas corno fieras enemigas. Como los caballeros medioevales, nos destrozamos en justas inútiles y risibles. De ahí que para un panameño no haya sér más inhábil que un su paisano. De ahí, que nunca vibre la nota panameña en los grandes conciertos de la verdadera intelectualidad hispanoamericana; de ahí que hayamos descendido a sitios tan bajos en el terreno de la dignidad patriótica; de ahí el concepto que de nosotros con­ciben los extranjeros mal preparados que nos conocen superficialmente. Que amamos nuestras cosas. ¡Mentira! Lo hemos probado en algo? Sin retrogradar a días pretéritos y sin que sea mal interpretada mi expresión al respecto, diré que la estatua de Vasco Núñez de Balboa, español, se erguirá en Panamá antes que la de Tomás Herrera, Justo Arosemena, Mateo Iturralde y Pedro Sosa, panameños. Conste que esto lo digo sin pretender amenguar la gloria del gentil-hombre jerezano que descubrió el Pacífico.

Mientras que en ninguno de nuestros paseos públicos se irgue el busto de un compatriota pre­claro, en las Bóvedas surge, sobre hermoso pe­destal blanco, frente de un cañón que simboliza con su inmovilidad el estado de inercia de nuestro espíritu nacional, el medio cuerpo de bronce de Napoleón Bonaparte Wyse, ingeniero francés al servicio de la Compañía francesa del Canal interistmico.

Este vil estado de inercia nos caracteriza en todas las manifestaciones de nuestra vida colectiva. Y quieras que no, los que aquí nacimos y vivimos somos de él víctimas.

Simón Rivas, o Cristóbal Martínez como se llamó cristianamente, fue víctima de esa indolencia nativa.

Así cual mueren ciertas plantas bajo el rigor de climas inadecuados a sus órganos, los hombres que viven en medios poco adaptables a su temperamento, se malean y, mueren prematuramente.

A Simón Rivas le ahogó el ambiente deletéreo de su país. Quienes observan los sucesos desde un punto de vista meramente personal atribuirán su caída a irregularidades y excesos comunes en la vida de todos.

A los hombres raros hay que verlos de lejos. Si se les juzga, teniéndolos muy de cerca, el juicio resulta, en exceso, erróneo.

Estas notas que pongo al margen de sus páginas, no tendrán otro mérito que el de la sinceridad, el de la sinceridad que gusto poner en todo lo que de esta mal esgrimida pluma sale para cantar belleza de mujeres o para elogiar ricos tesoros espirituales de hombres.

Taciturno, mudo, pensativo, parecía vivir de recuerdos o esperar no lejanos acontecimientos infelices.

Para los que sabíamos que dentro de aquella figura aparentemente vulgar giraba todo un uni­verso de ideas brillantísimas y compactas; para los que sabíamos que dentro de aquella contextura extenuada se levantaban—cual rosales carga­dos de flores—pensamientos fantásticos y al par verosímiles, no era sorprendente imaginar que aquel hombre sereno y tacibundo era ya un vencido; un derrotado de la batalla de la vida; un adalid que, en el pleno dominio de sus fuerzas, luchó con bizarría, con afán de triunfo, con varonil entusiasmo hasta sentirse físicamente impoderoso; moralmente vencido; intelectualmente debilitado.

¡Cómo lloraría en silencio al comprender la inutilidad del esfuerzo; la inanidad de la lucha; la inmisericordia brutal del medio que le circuía!

Sus gemidos de ruiseñor aprisionado en la jaula de su propia amargura; su soledad de pájaro abandonado en la gran noche de la pobreza y, sobre todo, aquella su altivez de artista doblegada a los embates del Azar—que de tarde en tarde parece tener más poder que Dios—, hablarían a su alma con más eficacia que todas las voces consoladoras de todos los consoladores humanos.

En verdad que maltrata pensar que la indiferencia caiga—como pesado manto de luto—sobre la memoria y sobre la obra de seres que, como éste, consagraron todas sus actividades a la realización de un fin noble, cual es el de crearse—a despecho de la sorda vocinglería de teóricos semi-torpes—una individualidad de acuerdo con las tendencias peculiares que atesoran.

Ciertamente maltrata pensar que ya todos se olvidaron de aquellos poemas lúgubres; de aquellos cuentos con tanta habilidad tramados; de aquellas fantasías que aparentaban surgir de un cerebro nacido en un país de brumas.

Lo que no se comprende, no se ama; lo que no se ama, se olvida. Hay públicos que conservan, por una eternidad, recuerdo de seres y de cosas que de un modo u otro influyeron en la formación de sus gustos, de su educación, de su carácter. Son como esos frascos que conservan durante muchos años el penetrante olor del líquido que contuvieron o como jardines inmensos en cuya atmósfera persiste la mixtura de distintas fragancias.

Hay, también, públicos miopes, cuya incapacidad de visión les impide distinguir cómo se irgue de entre la turba la talla gigantesca de esos nerviosos enderezadores de mentes obtusas, que con la palabra cáustica queman llagas sociales, y con la palabra suave y consoladora alivian el dolor de esta miserable existencia—mezcla de todas las hieles.

Público así le tocó a Simón Rivas. En vano alimentó su obra de hermoso vocabulario como el más docto señor de la Española. En vano su instinto de jardinero de la belleza quiso hacer florecer rosales en tierra donde es más fácil ver crecer las ortigas de la política y los cardos de la envidia, antes que el lirio azul del Arte.

Aunque sean muy excelentes los sistemas de irrigación que se empleen; aunque el horticultor viva con dominadores deseos de ver producir plantas lozanas en el huerto a él encomendado, todas sus labores se reducirán a nada, si el terreno no tiene en sí—bien que escasamente— principios de fecundidad. Es como pedir que un idiota piense o como intentar que una hormiga cante. En las rocas podrá crecer musgo. Nunca dalias.

Su esperado fin trágico no sorprende. Simón Rivas ha tenido predecesores selectos: Edgardo Poe, Alfredo de Musset, Carlos Baudelaire, Pablo Verlaine.

Quienes constituyen ese cuarteto, caballeros de la más linajuda prosapia en los países del Genio, cayeron en circunstancias análogas a las que rodearon los últimos meses de este singular panameño.

La mañana que le sorprendió exánime era fría, como caricia de mujer sin amores. La lluvia, menuda, fúnebremente rumorosa, desataba sus hilos de plata con un gesto casi humano. No le tocó morir, cual lo deseaba en una de las estrofas de su poema «El Rubí», una tarde roja, iluminada por las llamaradas purpúreas de un lujoso y deslumbrador sol poniente:

«Roja, así quiero yo que sea la tarde
en que el último adiós mis labios hiele
y de grana y rubí que sean las rosas
que lleves a mi muerte,
cuando ya no te mire el áureo anillo
en tu mano brillar como en la nieve.
¡Oh roja luz que mi cerebro ofusca!
Estrella roja entre tu mano blanca!
Acoge mi pasión en tus reflejos
cuando al soñar del alba
no tengan ya más sangre los crepúsculos
ni rosas ni claveles las montañas».

Contristadoras sorpresas de la Mala Suerte! En donde estaba la amada a quien fueron dirigidos aquellos versos? Sobre el sudario que cubría el cuerpo inmóvil del poeta sus blancas manos arrojarían puñados de rosas....?

El amor y la amistad huyen de allí donde el infortunio sienta sus reales. Y para colmo de injusticia— ¿Vergüenza qué te has hecho? —ni la seca nota de un diario pudo decir a los pobladores de esta pobre tierra, que se había eclipsado una de las más luminosas estrellas que alumbraran el firmamento en el Istmo.

Gaspar Octavio Hernández
Nuevos Ritos, Nº 143, de 15 de agosto de 1914. Incluida en Iconografías en 1916.


Conclusión

Al finalizar esta investigación sobre la vida y obra de Simón Rivas o Cristóbal Martínez podemos señalar que a pesar de las condiciones educativas, sociales, económicas y políticas en que creció y se desarrolló este bardo y periodista panameño de finales del siglo XIX y principios del siglo XX, su preclara inteligencia, su disposición a las letras y su permanente nacionalismo, sellaron en él una personalidad distinta a los de su tiempo que le permitió, luego de incorporarse a la corriente modernista de la época, convertirse desde el punto de vista periodístico en un critico profundo y a veces mordaz de su sociedad y un literato de primer orden.

Alcanzó niveles elevados en la literatura, siendo un autodidacta, lo cual es muy poco común en los literatos nacionales.

El hecho de que Simón Rivas no publicó ningún libro, aunque se menciona que lo hizo, no lo excluye de  ser dentro de las letras panameñas un escritor de valía.

Sus temas para los cuentos representan los aspectos  más profundos del ser humano: sus miedos, sus hipocresías, sus odios y amores, sus envidias y codicias,  su habilidad para subsistir, sus deseos de venganza y de triunfos, etc. Constituyen el espíritu y el alma profunda de todos los sentimientos que genera la conciencia humana. Temas tratados como debe ser: dentro de lo exótico, misterioso, fantasmal y fantástico porque así son.

Pero también dibujó en su prosa y en su poesía el amor por la patria, el amor por el prójimo y el mor hacia la naturaleza y sus congéneres. Así lo plasma con sabiduría y elegante lenguaje en sus veros y estrofas. Mostró su profundo conocimiento de la historia, de los clásicos y de la literatura universal.

En fin Simón Rivas dejó mostrar en su obra toda la esencia de su sociedad y del ser humano, demostrando con ello que era un permanente estudioso y conocedor del alma humanada y del entorno en que se desarrollaba. Esta observación de su realidad le permitió profetizar hacia el futuro algunos de los hechos que podrían ocurrir en el futuro y que ocurrieron en el transcurso del tiempo.

De esta investigación se desprende la necesidad y urgencia de rescatar la obra periodística y literaria de muchos escritores panameños de finales del siglo XIX y principios del siglo XX, con el fin de que las actuales generaciones de panameños puedan conocerlos y estudiarlos.

La obra periodística y literaria de Simón Rivas debe ser estudiada e interpretada para un mejor conocimiento de la literatura nacional y del periodismo panameño.

Simón Rivas representa, junto a otros esforzados escritores y periodistas panameños como León A. Soto, Rodolfo García, Edmundo Botello y otros, a las clases marginadas de esa época que logran elevarse a través del estudio y capacidad ocupando un puesto en la historia de las letras panameñas y del periodismo.

Su obra refleja las condiciones sociales, económicas y políticas de su época, siendo un crítico profundo de las mismas.

Como prosista y poeta abordó diversos temas con una clara percepción de lo que eran. Supo dominar las técnicas respectivas y con elegancia dejar para la posteridad una obra inigualable y distinta.

Rivas no ha sido imitado por las generaciones que le han precedido. Sigue siendo un desconocido para muchos de los intelectuales de las letras panameñas. Espero que este libro cambie ese desconocimiento y otras nuevas perspectivas acerca de nuestro pasado literario.

Es como él mismo afirmo: "lo que no lucha dormita o espera, como que a todo llega su turno de movimiento y su gaje de luz”,  Ahora a casi cien años de su muerte cumplimos con un compromiso: rescatar su obra en un solo libro.

C.M.R.
en la conclusión de Vida y Obra Periodística y Literaria de Simón Rivas (Cristóbal Martínez). Panamá, 2006.

Obras de Simón Rivas

Título Año
Gemelos. En colaboración con Alejandro Dutary. Panamá, 1???. 1???
Simón Rivas, dejó su obra dispersa en periódicos y revistas de su época. En el 2006, su nieto, Cristóbal Martínez Reyna publica una compilación de su obra periodística y literaria bajo el titulo: Vida y Obra Periodística y Literaria de Simón Rivas (Cristóbal Martínez). 2006

Entre las poesías de Simón Rivas podemos mencionar las siguientes:

Las campanillas
Noche mala
Karina
El harpa
El envío
En Acla
Saloma
Sidérea
El Rubí
Noche Aurea
Compasiva
El luto
Leda
Ana Rosa de la Torre
Fiebre
Somnolencia
¡Vencido!
R.T.P
Panamá
El éxito
El luto
Al raso
Los esperados

Referencias

  • Aguilera, Rodolfo. Galería de Hombres públicos del Istmo. Tip. Casis y Cia. Panamá, 1906.
  • Hernández, Gaspar Octavio: Con motivo de la muerte de Simón Rivas, en Iconografía. Imprenta Esto y Aquello. Panamá, 1916.
  • Royer, Carlina. Tesis: Bio-Bibliografía de Simón Rivas (Cristóbal Martínez) Universidad de Panamá. Panamá, 1954.
  • Miró, Rodrigo: Simón Rivas, en Lotería, Nº 140, de julio de 1967.
  • Miró, Rodrigo. La Literatura Panameña, origen y proceso. Litho-Impresora Panamá, S. A. Panamá, 1979.
  • Miró, Rodrigo. Itinerario de la Poesía en Panamá. Editorial Mariano Arosemena, INAC, Ediciones del Centenario, Panamá, 2003.
  • Martínez Reyna, Cristóbal. Vida y Obra Periodística y Literaria de Simón Rivas (Cristóbal Martínez). Panamá, 2006.

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