Mi guitarra alucinada
de misterio y de belleza,
por cuyo cordaje azul
la campiña se renueva,
colgada está de la rama
de un silencio gris sin espera.
Allá, esquinando la tarde,
el bordón abre la puerta,
en cuyo quicio sentada,
tras un portal con hortensias,
la prima --niña lilial--
me aguarda bordando estrellas.