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No me digas que me quite
este viejo escapulario
que mi madre cariñosa
bordó con sus propias manos
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Bien lo recuerdo: la pobre
una noche suspirando
me dijo: “Juan, ya me voy
de este mundo tan ingrato;
ya las piernas me flaquean
mis cabellos están blancos
y el corazón tengo roto
por muy hondos desengaños;
me voy y sólo te dejo
este humilde escapulario;
no te lo quites, consérvalo
sobre el pecho colocado…”
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Me dices tú que no crea
en la virtud de este trapo;
que si he olvidado las tesis
que me enseñaron los sabios;
que si confío en el cielo
o que si espero en milagros…
No sé como contestarte
lo que me has interrogado;
pero si puedo decirte
que el amor rige el espacio,
que él encamina las almas
a un ideal sobrehumano
y que el amor de las madres
ninguno puede igualarlo.
No me digas, pues, que deje
este viejo escapulario,
porque del amor es símbolo
por mi madre consagrado.
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Ella era pobre. Sus restos
no reposan en sagrario,
ni tampoco en mausoleo
erigido por el fausto;
en un oscuro rincón
del humilde campo-santo
sólo una cruz marca el sitio
donde a mi madre enterraron.
¿Ora de ella qué me queda?
¿Qué de su amor y cuidados?
Únicamente el recuerdo
de los días que pasaron,
una cruz sobre su tumba
y este viejo escapulario!
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Publicado en: Antología Panameña. Verso y Prosa.
1926
Esta poesía fue enviada por el Licdo. Juan Moreno.
Gracias por compartirla con todos nuestros visitantes.
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