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Vuelve a rizar tu cabellera de oro
Y tu hermosura déjame admirar,
Y en el azul de tus azules ojos
La dicha de mi vida contemplar.
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Déjame bendecir aquel momento
En que amor me jurabas ente Dios,
Y en que uniendo tu vida con mi vida
Una sola formamos de las dos.
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Mi noble y adorada compañera
En mis horas de dicha y de pesar,
Consuelo en mis momentos de amargura,
Hermoso sol del cielo de mi hogar!
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Yo te bendigo, esposa idolatrada,
Mi vida fuera oscuridad sin ti;
Y hoy te adoro lo mismo que en el día
En que mi amante corazón te di.
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Qué importa que al luchar por la existencia
Tenga que combatir contra el dolor,
Si hay en tu pecho, adoración de mi alma,
Inagotable manantial de amor.
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Revista El Heraldo Del Istmo, No. 36
Publicado el 30 de junio de 1905
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