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No sé por qué te quiero ni lo deseo saber....
Pero tú me hechizaste con tus sonrisas francas,
con las suaves caricias de tus manitas blancas,
finas manos de santa transformada en mujer.
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Tu charla sonorosa como canción de fuente
y la melancolía que fingías tener,
cautivaron mi alma e incendiaron mi mente
que tuvo floraciones de fresco amanecer.
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No sé por qué te quiero ni lo deseo saber....
Pero me encanta mucho besar tus labios finos
y sentir que me ahogan, dulcísima mujer,
las dos serpientes blancas de tus brazos divinos.
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Del libro: Rosas de Juventud y de Ilusión. 1917
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