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Tuvo el rosal tres rosas purpurinas
entreabiertas al sol crepuscular
cuyos aromas, cual esencias finas,
daban fe al corazón, ansias de amar.
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Eran tan bellas, grandes y divinas,
que una quise en mis dedos apresar,
mas entonces me hirieron las espinas
¡y yo no pude menos que llorar!
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Así ¡oh blanca flor de melancolía!
cuando miré tus ojos donde el día
agoniza entre pompas de arrebol;
cuando quise besarte, bien amada,
hirióme con una áurea carcajada,
entre dos nubes de alabastro, el Sol.
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Del libro: Rosas de Juventud y de Ilusión. 1917
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