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Al día siguiente,
por Mariafeli Domínguez


Foto: Internet

Al día siguiente Clifford y Louise Ray decidieron irse, argumentando temor al sospechoso incendio que destruyó su casa la noche del viernes. Los vecinos dijeron que la batalla no era contra ellos realmente, sino contra la enfermedad contagiosa que parecía tener Wendy.

Era inconcebible que gente, aparentemente humana, con espíritu religioso, que asistía al templo cada domingo, fuera capaz de semejante acción. El largo camino que recorrieron para llegar a ese paraje apacible se les hizo, en ese momento, odioso, sin sentido.

La fatídica noche del incendio, Clifford pidió a Louise que le trajera un vaso de leche. Como siempre, ella complacía los caprichos del viejo, como aquel dislate del velo de novia. Cada 21 de noviembre, cuando cumplían años de casados, ella salía de su habitación con su tocado de novia y recorría la casa a oscuras portando su marchito y amarillento ramo de flores. Totalmente extravagante, pero era un juego que no le hacía daño a nadie. Además, eran treinta años repitiendo la misma acción. Todo había sido compartido, hasta los dolores del embarazo. Wendy también había pedido su vaso de leche, con el monosilabeo pausado, tranquilo y enfermo de su voz.

Los recuerdos saltaron, como si alguien hubiera dejado abiertos los cajones del armario de la memoria y hubiese olvidado cerrarlos. La angustia tornóse rabia. Se preguntaban si todo aquel recorrido había valido la pena. Si dejar la vieja casa grande, gran casa llena, llenita de todo, con sus aleros azules, jardín de claveles rojos y blancos. En esa casa todo tenía su especifico y único lugar. Si todo esto tenía sentido, ¿por qué había sucedido? ¿Por qué si jamás hubo asomo de impureza en los ojos de los Ray? Jamás siquiera asomaron su curiosidad a las casas ajenas. El suyo era un mundo aparte.

Cuando se dieron cuenta del incendio, sólo tuvieron tiempo para sacar a Wendy y con ella toda la frustración y el desasosiego que tenían guardado desde mucho tiempo.

Recién entonces, comprendieron que ya ningún sitio era lugar seguro en la tierra. Ahora estaban en la encrucijada de su vida. No sabían qué camino tomar. Mirando a Wendy los Ray se preguntaban si ella había tomado conciencia de lo ocurrido. Lo supieron cuando las lágrimas comenzaron a rodar por el macilento rostro de la enferma y no se detuvieron nunca más.

Sentados en la acera, los Ray contemplaban las cenizas de la casa. Había silencio. Parecía que todo el mundo se había ido. En las otras casas no se escuchaba nada. De vez en cuando se corría una cortina rápida, fugaz, y aparecía una cabecita tímida, mirando como quien no mira, como ladrones al acecho, como amantes en vigilia. Quizás con un poco de satisfacción mirando a los Ray.

—A lo mejor así se irán. Se llevarán a su hija con toda su peste a otro lugar, donde puedan contagiar a otros, malditos apestosos.

La verdad era que, desde que llegaron, la tranquilidad se había mudado a otro lugar. Todos tenían miedo de que la brisa trajera a sus casas el virus de la enferma y se les metiera en la piel.

—Dicen que tiene algo así como lepra.

Nadie sabía con exactitud lo que la muchacha tenía. Lo importante era que se fuera, si sólo la presencia de los Ray ya parecía una enfermedad, una epidemia. Desde que llegaron, todo había cambiado. Desde la alegría del lugar hasta los silencios de la noche.

—No debieron llegar a ese extremo, yo pienso que fue demasiado.

La gente comentaba, murmuraba, hablaba por teléfono, en voz baja, como en murmullos, para que nadie más los escuchara. La complicidad era total, el objetivo uno.

Los Ray se incorporaron, caminaron lento, lento, hacia las afueras, como quien busca lo prometido. Y atrás comienza el bullicio, la alegría. Todo vuelve a ser igual que antes.


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Mariafeli Domínguez S.

Tomado de la revista Umbral N° 3.
Panamá, mayo de 1993.
Publicado en: Hasta el Sol de mañana [50 cuentistas panameños nacidos a partir de 1949]. Fundación Cultural Signos. Panamá, 1998.


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