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Este pueblo ajeno e inconexo,
por Mariafeli Domínguez


El Cañon de la Angostura - Foto: Internet

En un lugar no tan lejano. Por aquí cerquita, por donde el trillo del monte avisa que otros han dejado huellas, Manuel y Candelario advierten un suave y triste murmullo de aguas. No han caminado mucho desde el pueblo y creen que han llegado a lo que, en otros tiempos, los lugareños llaman uno de los lugares más hermosos de la región.

—¿Ésta es La Angostura del río Zaratí, verdad?, dijo Candelario.

—Yo creo que sí, éste es el camino que usábamos antes para llegar, contestó Manuel, no tan seguro de lo que decía.

Candelario era un joven empresario que había regresado a su pueblo para recordar su infancia. No había vuelto al lugar desde que salió del Colegio. Nació en Penonomé en el Barrio El Bajito y había crecido mirando los hermosos atardeceres desde la estatua de La Madre, en compañía siempre de Manuel que venía desde Calle Chiquita a mirar el cielo con sus nubes siempre tan expresivas.

Habían recorrido todos los caminos para llegar al río, desde El Murcielaguero, La Angostura, Las Tres Peñas y, a veces, se aventuraban a los charcos más grandes allá por La Negrita. Hicieron caminatas escolares por los senderos más inhóspitos de los alrededores. Subieron tantas veces el Cerros Los Pavos, el Guacamaya y el fiel Santa Cruz, que no se acordaban cuántas fueron.

—Creo que hubiera sido mejor venir en carro porque los olores que despiden las aguas residuales son horribles. Expresaba Candelario con una mueca de asco en su rostro.

Los muchachos regresaron a su pueblo buscando recuerdos en esos días de Carnaval y les pareció bueno hacer alguno de sus recorridos de infancia. Tomaron sus mochilas el viernes de Carnaval y caminaron río arriba, para regresar a tiempo para el arranque.

—¿Pero tú sabes que ésas son las aguas del río?, replico Manuel

—No seas tonto, el río está más acá. Así lo dice el señalamiento. Aquello es una quebrada. Decía convencido Candelario mirando a un lado y hacia el otro como buscando orientación.

—El perdido eres tú. Debimos venir en carro, así no estaríamos perdidos. Continuaba alegando Manuel quien se exasperaba cada vez que su amigo parecía perder la brújula.

Detrás de los jóvenes exploradores, un hombre parece escuchar con atención la discusión, se acerca, pero los muchachos no parecen notar la compañía.

—Acuérdate que veníamos río abajo desde La Negrita y las corrientes cristalinas nos calmaron hasta la sed. Éste no puede ser el mismo río. (Insistía Candelario viendo que su amigo se cerraba en la conversación).

—Además íbamos río arriba, no río abajo.

—Bueno, muchachos, ¿qué les pasa, ustedes no son de aquí, verdad?

En sus recuerdos de infancia, se les había grabado las advertencias del abuelo Rufino que les decía, cada vez que alejaban en sus aventuras, “Cuidado con Ño Vicente, tiene cien años y pierde a la gente”.

—¿De dónde salió este señor? Contestaron a coro los dos como si hubieran visto al mismo Diablo.

—Me llamo Vicente, vivo allá arriba y hace muchos años que no veo pasar a gente por aquí, mucho menos muchachitos perdidos.

¡Abuelo, Rufino! Dijeron en murmullos, nunca le creyeron al viejo...

—Nosotros no estamos perdidos, tenemos un mapa. Seguimos el curso del río Zaratí, desde hace cuatro horas, pero parece que en algún lugar se separó de esa quebrada y no nos dimos cuenta. Contesta Manuel, pensando que el viejo parecía de verdad un demonio, por lo extraño de su vestimenta y por el olor nauseabundo que despedía.

—Bueno, les voy a decir que ese muchacho está en lo cierto. Ese ruidito que oyen es la famosa Angostura de Penonomé. Y esto que ven aquí es el famoso río Zaratí.

Sentados sobre una piedra, mirando el horizonte, sin poder entender la incógnita de los puntos cardinales los muchachos rieron a mas no poder sin percibir el ruido de los cohetes. Los carnavales habían terminado, los fuegos artificiales iluminaron el cielo, la cuaresma había comenzado.


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Mariafeli Domínguez

Publicado en: Camino ódos. Revista de humanidades, ciencia, tecnología, arte y cultura. Vol. II, No. 1, agosto, 2008. Penonomé, Coclé, Panamá.


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