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EL RÍO HERIDO,
por Enrique Chuez


Desembocadura del río Matasnillo, Panamá – Foto: Internet

Hemos ido a ver el río enfermo que vive cerca de nosotros, allá afuera, por la avenida ruidosa con sus automóviles, su gente apresurada y sus edificios sucios por el polvo negro que el viento levanta de las calles.

¡Dios mío, tantos autos pasando, apurados y nerviosos!

Las más de las veces han atropellado a esos viejitos con su costal a la espalda, sin nadie y tristes de tan lento caminar. Y quedan tirados allí, rodeados de la gente curiosa que les miran sus pobres muertes.

Yo llevo a Mochi en los brazos y todos lo miran y sonríen. Los niños dan voces y lo señalan con las caras rojas de contento ¡que se los venda, que se los regale, que no sé qué cosa de mi Mochi, mi conejillo, mi amor, mi pedazo de cielo!

Hemos llegado al puente. Detrás nos pasan los autos, los camiones con su alboroto de humo, las bicicletas de los que venden empanadas y dulces.

La verdad es que me da pena el pobre río. Va pasando tan lentamente como si no quisiera llegar, como si tuviera miedo a que le hagan daño.

Le han puesto sus aguas tan muriéndose, verdosas, sin rayos de luz. Sus peces han muerto, también sus transparencias.

Le arrojan cosas muertas, cadáveres de objetos. Debe tener muy triste el corazón arrastrando esas heridas.

El Abuelo lo mira con un silencio de llanto, hace mucho tiempo, murmura, los niños se bañaban en sus aguas de claridad y acá, mira, bajo la sombra de ese higuerón en cuyas raíces se enredan viejos balandranes, las mujeres lavaban ropa blanca hundidas en el canto de las oropéndolas y de las cigarras llamando al verano.

Ahora, solo y lastimero, arrastrando pesadumbres, lo han dejado al pobre hermano río.

El Abuelo calla y nos hemos quedado largo rato mirándolo con sus congojas y el sol, que ahora se está subiendo al aire sucio, se enferma en sus aguas.

Mochi se mueve con inquietud entre mis brazos y no sé si sabe de estos dolores, de las angustias de los buenos ríos que matamos con ruinas y perdición.

Cuando nos vamos, el Abuelo abre un cartucho y extrae una flor roja y perfumada que le pidió al rosal del condominio y se la arroja con cariño, perdónanos, le dice, perdónanos por tanto mal que te hemos hecho, hermano río.


Del libro: La balada del conejito gris. Editorial Universitaria. Panamá. 1997.


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