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Dios que desde el santo reino de los Cielos
riges los destinos de la humanidad,
y eres el alivio de todos los duelos
y la más hermosa fuente de piedad.
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Dios que en tu cruzada. por el mundo fuiste
nuncio de esperanza, símbolo de amor,
refugio del pobre, consuelo del triste,
bálsamo en las llagas negras del dolor.
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A ti llego toda llena de ternura,
con la fe que inspira tu benignidad,
a pedirte fuerzas para la ardua y dura
labor que he jurado cumplir con lealtad.
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Señor, haz que el roce de mi mano sea
para toda herida prodigiosa unción;
y que en mis pupilas el que sufra vea
los destellos gratos de la compasión.
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Haz que mis palabras lleguen al oído
del que está distante del viejo solar,
como el eco dulce de un canto sabido,
como una añoranza del lejano hogar.
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Dame, Señor, toda la constancia pía
y el celo que exige mi noble misión,
para que así sea, de noche y de día,
una fiel esclava de mi profesión.
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Dame del tesoro de tu mansedumbre;
deja que me inspire tu conformidad,
y que el sol radiante de la Fe me alumbre
en el ejercicio de la caridad.
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