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Batalla de Panamá,
por Rodolfo Caicedo

Homenaje a los ilustres generales Albán y Salazar

¡No son hombres, son fieras que se irritan!...
Las balas silban como sierpes locas
y los cañones con fragor vomitan
rayos y truenos de sus negras bocas;
y aquellos bravos en su enojo imitan
a los titanes cuando lanzan rocas
contra los dioses que el Olimpo habitan. . .

Al ancho firmamento
en siniestra espiral el humo sube
y lo enlutece con aciaga nube. . .
Olor de sangre se respira. . . . El viento
conduce gritos de furor, bramidos,
roncas blasfemias, lúgubres sonidos
mezcla de maldición y de lamento
y al herir sus oídos
las vibraciones del clarín agudo.
Ardido el rostro, sanguinoso el traje,
¡cómo aumentan los bravos su coraje
para asestar de nuevo el golpe rudo!

¿Son de acero esos brazos? ¿De granito
son esas almas en la lid serenas
de donde siempre se miró proscrito
el miedo vil? ¿Es lava de volcanes
la que hierve y circula en esas venas?
¿Es soplo de huracanes
el que se hace sentir cuando en amenas
florestas o en selvas seculares
derriba encinas o en los hondos mares
destroza velas y con ruda saña
la ola vuelve montaña
que reventando en salpicante espuma
parece que con loco satanismo
increpa al cielo y el bajel abruma
hasta que logra hundirlo en el abismo?

¿Vagan tal vez los manes de Leónidas
en ese campo en que la muerte postra
falanges de rabiosos homicidas?
¿Es Bonaparte que furioso arrostra
el peligro doquier? ¿Es de Cartago
el adalid que produciendo estrago
el Alpe cruza audaz? No, no son ellos
los héroes de la Europa que tan bellos
recuerdos de su fama eternizaron. . . .
Estos son los gallardos descendientes
de los guerreros que en Junín triunfaron
y en Ayacucho y Boyacá probaron
que los hijos de América valientes
al persa en el fatal desfiladero
hubieran detenido con su acero.
Marcharan con Aníbal hacia Roma
y atrás no se quedarán ni un segundo
del temerario gladiador que doma
con la victoria de Austerlitz un mundo.

Herir, matar y recibir la muerte.
Sin desmayo mirar como se vierte
la hirviente sangre a rojos borbotones,
asaltar con denuedo el muro fuerte,
combatir como tigres con leones,
página vieja en nuestra breve historia
¡donde hay tanta tristeza y tanta gloria!

Ved ese cuadro aterrador. La plaza
innumerable ejército circunda. . . .
El hermano al hermano despedaza
y el campo en sangre por doquier se inunda. . . .
Regueros de cadáveres tendidos
hay sobre el suelo y con feroz mirada
contemplan los heridos
su carne desgarrada
por el agudo proyectil. Furioso
de tal manera el tigre poderoso
que ruge entre los bosques de Bengala
su cólera divierte relamiendo
la roja brecha donde está sintiendo
¡el recio golpe de certera bala!

Negra como las hijas de la Nubia
la noche llega y en su oscuro seno
sigue el combate de heroísmo lleno.
Y prosigue también cuando la rubia
aurora vierte de su azul pupila
chorros de luz. . . . Pero ¿por qué vacila
siquiera un breve instante
la fe ciega de aquellos denodados
e intrépidos soldados
que en el muro rechazan la pujante
bravura de las huestes invasoras?
¡Ah! no lo diga el ignorado vate
que hoy canta aquellas horas
de terrible combate. . . .
¡Cayeron ay! reputaciones altas
como se viene a tierra erguido roble. . . .
Pero ¡silencio!  y que el olvido noble
tienda su velo sobre ciertas faltas.

Mas ved ahí a las trincheras guía
generoso corcel augusto anciano
que en el cabello ostenta nieve fría,
pero un sol en su pecho. . . . El soplo insano
de aquella horrible tempestad no hiela
su sangre varonil, y su mirada
tiene un fulgor tremendo. . . .
Con acerada espuela
la tersa piel hiriendo
de indómito bridón, toda bañada
el albicante espuma, corre, vuela,
esgrimiendo su espada,
gallardo mozo cuyo aspecto fiero
bien demuestra en la lucha que es oriundo
de las montañas donde vino al mundo
Córdova, el bravo, el inmortal guerrero. . . .
Ese anciano es ALBAN. . . . Es el Caudillo
indomable y sencillo:
Nació para el Deber; siempre su brazo
opone a toda infamia una barrera,
siempre en su corazón halla rechazo
del desorden la lúgubre bandera;
erguido como el alto Chimborazo.
El cráter que su espíritu ilumina
y que le enciende en cólera divina
y le engrandece en sanguinosos dramas,
respeta a los que enseñan y redimen,
solo sobre el malvado vierte llamas,
¡solo arroja su lava sobre el crimen!

Y ese mancebo de apostura bella
que disponer parece a su albedrío
del vendaval bravío,
de la mortal centella,
de la rabia del mar cuyo alboroto
llena las almas de pavor profundo,
y del poder de brusco terremoto
que convulsiona el mundo,
ese que en la tragedia y el conflicto
tiene cual Girardot épicos sueños,
es SALAZAR, el campeón invicto,
¡un león de los bosques antioqueños!

Hablan los dos. . . . Sus ojos centellean
y a sus voces vibrantes y viriles
se enardecen aquellos que flaquean,
y nuevamente con ardor pelean.
Y otra vez los cañones y fusiles
retumban, silban y despiden llamas. . . .
Rebotan en el duro parapeto
copiosos proyectiles. . . .
Azogadas de horror tiemblan las ramas
del cercano manjar en que discreto
su descalabro el enemigo esconde. . . .
En viejos héroes la memoria puesta,
al rayo el rayo destructor contesta,
el huracán al huracán responde. . . .

Oh, ALBAN! Oh, SALAZAR! fue vuestro acento
lleno de fe la salvación del Istmo. . . .
Como hálito sagrado vuestro aliento
hizo resucitar el heroísmo
en almas fatigadas. . . . Fue la tea
que encendió el apagado combustible
vuestra palabra que a feroz pelea
llamó de nuevo por deber terribles
y así triunfo la Idea.
La Santa Idea que el Progreso invoca
bajo el amparo de la Fe cristiana
y que resiste como firme roca
el recio empuje de borrasca insana;
así triunfó con esplendor divino
y así el nicaragüense aventurero
que con hermanos nuestros allí vino,
vio cómo ataja en su fatal camino
al pérfido extranjero
que armado pisa nuestro suelo hermoso,
el colombiano, siempre victorioso
cuando busca los lauros del guerrero.

¡Ah! , pluguiese a los cielos no muy tarde
que de igual modo sus furores pruebe
el mandarín del Ecuador aleve,
que de falsa amistad haciendo alarde
sepulta en nuestro seno
su puñal saturado de veneno,
sin recordar acaso
en su ambición insana y desmedida,
que la noble Colombia nunca olvida
de “vencedores” el soberbio paso. . . .
¡Al verte exangüe, en lucha fratricida,
oh Patria, el torpe mandarín te afrenta,
pero cuidado con el brazo rudo
que en convulsión violenta
su flamígera espada la ensangrienta
en quienes osan escupir su escudo!

¡Ese brazo iracundo
con ímpetu de rayo,
supo vencer los hijos de Pelayo
que vencieron al árbitro de un mundo!
Ese brazo es el mismo
que en Pichincha frenético golpea,
y abrió a la esclavitud un hondo abismo,
y donde hubo rebaños allí crea
pueblos libres, los pueblos donde ahora
atiza un temerario Patria mía,
el incendio fatal que te devora,
y goza contemplando tu agonía!

Ese brazo altanero que redime
y que pudo asombrar al europeo
con la explosión sublime,
la sagrada explosión de San Mateo,
ese brazo grandioso no consiente
de los intrusos ambiciones locas,
porque él es en la lucha armipotente,
y si faltan las armas, tiene rocas
para aplastar al invasor de frente. . . .
¡Tiene árboles robustos a las faldas
como en las cimas de montañas rudas,
para azotar rabioso las espaldas
de cuantos amen la traición de Judas!

Vengan otra vez del Dictador grosero
que Venezuela sufre avergonzada,
la miserable chusma que degrada
en sus manos las armas del guerrero. . . .
Vengan, sí, de Zelaya los esclavos
y los de Alfaro, y la feroz jauría
de monstruosos Caínes! . . . . Nuestros brazos,
nuevamente en la bélica porfía,
donde sangrienta lluvia se derrame,
arrollarán la coalición infame.
Porque siempre, con trágica hermosura,
Colombia es el Cóndor que desafía
tormentas en la altura,
que en medio de relámpagos, sereno,
cruza la inmensidad, de arrojo lleno,
pues creció con arrullos de huracanes
en las cimas do hierven los volcanes
y donde tiene por vecino el trueno!


Panamá, noviembre de 1900.
Del libro: Batalla de Panamá.
Publicado en: Revista Lotería, Nº 59 de 1946.


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