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La Culebra, por
José Guillermo Ros Zanet


Francisco Palacios Coronel- Calle en Changuinola, Bocas del Toro - 2014

Amanece en las plantaciones. La mañana sale verde de tallos y lluvia. Entre los madrecacaos se abre el grito acuático de las oropéndolas; también la salmodia antillana de los cortadores. Y hay un olor agrio metido entre el hojarascal... Y allí, aquí, acá, allá dibujándole contornos al horizonte mañanero, el verde mayor del abacal. Son verdes los cuatro puntos cardinales. Amanece.

Con la angustia, nuevecita, del mal sueño pegada a la espalda, al pecho, el indio baja las escaleras del "tambo".  ... Anoche soñó que lo picaba una culebra. Y él sabe, como saben todos los indios, que si va trabajar al tallal, hoy, lo picará alguna mala víbora. Sí, él sabe, y lo saben todos los indios, que hoy no debe ir a trabajar; porque si lo hace, se cumplirá la maldición del sueño. Pero él sabe, y esto no lo saben todos los indios, que los hombres blancos, los suliá, también sueñan con culebras, y van al monte y no les sucede nada. Y él sabe, y esto lo saben todos los indios, que debe ir a trabajar; y más ahora cuando ya está cerquita el día en que han de pagarle "las vacación"; pero él no debe ir a trabajar; no debe desobedecer el aviso del mal sueño.

Y se sienta bajo el tambo. Piensa en muchas cosas, y se repite interiormente:

-Ti ñaga to siribire.  (Yo no quiero trabajar)
-Ti ñaga to siribire.

Pero...

Allí va por un sendero, hacia las plantaciones. Lleva la cuda sobre el hombro izquierdo, y el machete en la mano derecha. Con los ojos va midiendo cada paso por entre el  trillo. Interiormente va desgranando algunas de las sencillas enseñanzas del viejo cura Thompson.

…Ti cobobutu ti nubú lle unen tie ron nbo. Mo do coin mende coin Mo nú coin Mo dobó coin ti quenere come quenere con jurá ti bodo lle ti ñaga to con jurá ti bodo. Ti bobobutu ti nubú lle uen tien con nbó.

(Señor mío y Dios mío, dame valor. Tú, buen corazón; tú, alto cielo; tú, buen agua; tú, buena tierra, yo soñé un mal sueño, y tengo miedo, y no quiero tener miedo. Señor mío y Dios mío, dame valor).

Compañero del miedo, llega al corte y comienza a trabajar. No puede dejar de pensar en el mal sueño. Tiene la certidumbre, clarita, de que será castigado por desobedecer lo que el sueño le dijo. Y sus ojos lo miran todo. Trabaja. Trabaja. Hoy ha comenzado a sudar desde muy temprano. Ahora se da de cuenta de cosas que antes apenas si veía, o apenas si pensaba en ellas. Al desprender algunas de las hojas de los tallos, ve caer grandes y blancos alacranes que se pierden, furiosos, entre la hojarasca húmeda. Ve las grandes y venenosas arañas, y con la hoja del machete las aplasta extrañamente... Se detiene un instante para mirar las contorsiones, la omega verde, de un gusano medidor. Pero sigue, sigue cortando los tallos maduros, y la angustia del sueño dentro de él, abriéndole senderos al miedo. Y así van pasando las horas. Ya ha terminado varios surcos del corte. Ha llegado a una parte bastante clara. Aquí los grupos de tallos de los surcos están limpios; alrededor de los tallos aún no ha vuelto a "cerrarse" la ronda de yerbajos. Hace poco tiempo, con seguridad, que aquí limpiaron los catrachos… Y respira a todo pulmón. Mira entre los surcos. Allá, más adelante, ve a Santos; ve como deshilacha y deshoja los tallos maduros. Ve como Santos maneja con rapidez y precisión la larga vara, en cuyo extremo superior está colocada la afilada coa. Y ese filo de la coa corta coma una navaja. Piensa que Santos es un buen trabajador. Entre los surcos también ve el caminar lento de las mulas que sacan tallos del corte hacia los rieles... Tras él, en los surcos de los lados van otros indios. Le hablan. El contesta. No les ha dicho lo del sueño. Cerca, porque no lo oye el "forman", un indio ha comenzado a canturrear:

--Uean chi siribí chi (Poquita plata…; poquito trabajo).
--Uean chi siribí chi.

y sigue cortando los tallos maduros. Piensa que su nitrá corta bastante. Piensa que los tallos, cuando caen, parecen hombres borrachos. Y piensa que Santos deshoja bien, porque los tallos, al cortarlos, no quedan enganchados...  Y regresa el recuerdo del mal sueño.

Mediodía. Aún no ha visto ninguna culebra. Y a medida que pasan las horas se le agranda la certidumbre de que el sueño habrá de realizarse. El miedo le crece en la raíz de la nuca, en el pecho, en la espalda. Y viene la tarde, y sigue cortando. Quisiera verlo todo. Quisiera que todo estuviese limpio, clarito. Ahora piensa que no debió haber venido. Está en el centro del corte. Adelante de él van dos indios. Se lo pasaron. El  surco que él está cortando ahora "va tupido"; también el monte. No debe quedarse atrás. Ya falta poco para el fin de la faena de hoy. Y van creciendo la angustia y el miedo. Sabe que en estos últimos instantes ha de suceder la cosa.

Y...

Y queda como piedra, como riel. Un frío violento y agudo se le metió en todo el cuerpo. Ha oído el grito inconfundible:

-Colebra come (Culebra mala!)
-Colebra come!

Lleno de espanto, acierta a ver, rápida, entre la yerba que lo rodea, el cuerpo lustroso de la "terciopelo". Se dirige hacia él. Lleno de espanto, no se mueve. Tiene el machete en alto. No debe dejarse sorprender. Ya la ha visto. Agudiza la vista, y agudiza el oído. Los demás indios corren tras la víbora. Tratan de cercarla. El está en el centro de esa ronda. Y apenas si oye los gritos. Quisiera más ojos. Quisiera oídos sólo para oír la ondulación brillante de la terciopelo. No debe dejarse sorprender.

-Colebra come!
-Colebra come!

Sabe que está muy cerca de él. Alguien la ha visto nuevamente. Alcanza a oír un grito más alto. Y siente, entonces, un dolor agudo en el talón. Y un grito de angustia se le seca en los labios. No la vio. La ve ahora varios pasos delante de él. Y ve también cuando Alfonso la parte en dos. Ya no picará más... Con dolor baja la cabeza para verse el talón, para ver la mordedura. Pero lo que ve es mucha sangre  y  un gran tajo.

Santos había visto la culebra muy cerca de donde él permanecía con el machete en alto, y había lanzado con gran fuerza, como una fisga, la vara de deshojar y, mala puntería, le había dado a él en el talón, haciéndole un gran corte. Allí le amarraron unos trapos para atajar la sangre. Lo montaron en una de las mulas cargadoras. Y allí va él por entre los tallos, las hojas de los tallos, los tallos; como un condenado. Corre hacia el lejano Dispensario. La hojas de los tallos, los tallos, las hojas de los tallos, los tallos le golpean a ratos la cara, el pecho, los hombros. Y él sigue corriendo, y pintando con sangre  el ijar izquierdo de la bestia.

Pero lleva en el rostro, en el pecho una infinita alegría; porque, respirando a todo pulmón, piensa, y quisiera gritarlo:

-¡No me picó la culebra!
-¡No me picó la culebra!
-¡No me picó la culebra!

Allá, a lo lejos, por el sendero se abren los rieles y los linderos susurrantes de los cortes del abacal, se ve la casa gris del Dispensario.


José Guillermo Ros-Zanet

Publicado en:  Revista Cultural Lotería, Nº 58, Septiembre de 1960.



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