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Lección Sobre las Manos,
por José de Jesús Martínez

Vengo desconsolado de la calle
y entro furioso en mí como en un túnel
a digerir las sombras que mis ojos
vieron y que mis párpados, iguales a
peludos labios, masticaron entre
lágrimas agrias salivales, y ahora
los blancos intestinos del cerebro
se me revuelven con gemido y cólico.
Pienso en el hombre y cómo últimamente
como un pequeño dictador sangriento
le ordena a sus dos manos que fabriquen
terribles bombas, armas infernales,
que escriban maldiciones y mentiras,
que le tapen la cara en la emboscada,
que roben, que asesinen, y que estrujen
el corazón hermano tembloroso
y dulce como ardilla pero débil.
He visto cómo el hombre ordena, obliga
a sus dos manos tal a dos esclavas;
cómo les da, para que estén contentas,
de vez en cuando un cuerpo femenino,
y ellas, dos ciegas lenguas y dentadas,
gustan lamerlo a tientas y a mordiscos,
digo, a pellizcos, y con sed caliente,
porque es el único placer que tienen.
Para que estén contentas nuestras manos
no basta darles ese gusto efímero
o engalanar sus dedos con anillos.
Mira cómo se crispan y se arañan
al ver las injusticias y las guerras
que obras son de ellas mismas, que hemos hecho.
Mira las mías cómo se me esconden
en mis bolsillos, rojas de vergüenza.
Si ya no por bondad, por miedo entonces,
debemos procurar un noble oficio
en qué ocupar nuestras dos manos. Piensa
que un día pueden rebelarse, odiarte
por los sangrientos usos que les das.
Piensa que pueden conspirar un día,
no hacerte caso más, no obedecer
tus órdenes tan crueles y asesinas,
romper el nervio como rienda eléctrica
que tu deseo hala, empuja, ordena,
y no te oirán ya más ni cuando pidas
que te vistan el cuerpo o que te rasquen
o que te limpien en el excusado.
Les dirás que te roben un dinero
y te abofetearán en las mejillas;
les dirás que te pongan en la boca
el cigarrillo y quemarán tus ojos;
les dirás que se agarren del balcón
y ellas te empujarán al precipicio.
Piensa que un día pueden escribir
como en extraño idioma, fabricar
inventos superiores a ti mismo,
y entonces te verás desamparado,
rodeado de enemigos, indefenso:
tu corazón te expulsará del cuerpo
y te blasfemará tu propia voz,
te patearán tus pies y tus dos manos
te sacarán, igual que de un costal,
del cuerpo, esa república pequeña
que no supiste gobernar; serás
como el pequeño dictador la noche
de la revolución de los esclavos.
A esa hora de la noche en que se apagan
las luces del vecino y los deseos,
cuando el remordimiento se nos prende
como una insomne lámpara en la niebla,
haz inventario de tu vida y piensa
de nuevo en tus dos manos y otra vez
piensa que un día pueden darse cuenta
de su gran fuerza y de la débil tuya,
que pueden despertarse a media noche
sin espantar tu sueño, silenciosas,
y, como dos arañas, arrastrarse
hasta tu cuello para estrangularte.
Para que eso no pase, amor, hermano,
para que no suframos la vergüenza
de morirnos por nuestras propias manos,
por nuestras propias obras infernales,
y para que dejemos limpia huella
de nuestro breve paso por el cuerpo
que hagan tractores estas manos dulces
y no fusiles, y que toquen pinos,
no instrumentos de sórdidos sonidos;
que sean pañuelos, no para la sangre,
sino para el sudor, y vasos de agua
y amor para el sediento del camino;
que levanten inválidos y casas
y párpados de plomo y que nos bajen
la luz a nuestros ciegos corazones;
que escriban cartas fraternales, versos
dulces y sobre nuevas medicinas
y costumbres de pájaros extraños;
que saluden de lejos; que dibujen
corazoncitos, iníciales, fechas,
en la corteza hermosa de los árboles;
que cojan de la fruta y a otras manos,
y otras manos aún, todas las manos,
que así las nuestras vivirán felices
y nos abrazarán y harán caricias
aplaudiendo de júbilo, infantiles,
y nos ayudarán en las labores
ya como dos hermanas y no siervas:
podrán cegar más trigo y empujar
con más fuerza los remos y el arado,
podrán tejer para las viejas aunque
éstas se hayan dormido de repente,
podremos ir, como con un amigo,
de mano con el cuerpo y nuestras manos
a hacer un mundo que imagino y sea
odio, rabia y envidia de los muertos.


Del libro: Tres Lecciones en Verso, 1951.
Publicado en:
Tareas, Año I,  Nº3, marzo – abril de 1961.


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