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Sidérea,
por Simón Rivas

¡Oh! Tú, a quien he llamado muchas veces
en mis pesares, en las noches largas,
a quien envío mis votos y ofrendas
                      y todas mis plegarias;
a ti mi dulce aspiración excelsa,
torre de marfil, luz de la mañana
oye de nuevo la oración ferviente,
                      el salmo de esperanza
que en esta noche dolorosa y fría
surge para ti del fondo de mi alma.

Vuelve al calor de mi pasión antigua
mi entusiasmo, los mismos devaneos,
y aquel ledo rumor de olas y de aves,
cual la cadencia de sonoros versos;
                      vuelven otra vez, vuelven
quizá engañosos como el mismo ensueño,
a provocar con el sagrado néctar
de nuevas ansias y de impulsos nuevos,
la ambición de la gloria que redime
de la gloria infinita de los cielos.

Parece que te siento, que murmuras
palabras de consuelo; que te acercas
rumorosa, magnífica, silente
                      de gracia pura llena;
que en un albor de oriente inmarcesible
impecable a la faz de las abyectas
ansias carnales, como en otros días,
                      divina y siempre nueva
                      y siempre misteriosa
serás mi inspiración y mi bandera.

Avanza; no te alejes si mancilla
                      encuentras a mi lado,
que ha sido mucho el polvo del camino,
                      que ha sido mucho el fango;
he ido muy lejos, donde el vicio triunfa
donde tiene sus templos y sus cantos,
donde a lo rojo del placer se junta
lo negro del dolor desesperado,
mas aun allí te recordé doliente
pensando que era infiel y que era ingrato.

En las noches más tristes del invierno,
                      en las noches obscuras,
cuando el timbre de ruidos y de voces
                      las sombras son de angustia
y emanaciones sepulcrales flotan
                      de cosas ya difuntas,
en el azul purísimo del cielo
del cielo de mi amor en que fulguras,
salpicada de estrellas la amplia veste
el sol por trono, por dosel la luna,
virgen celeste en resplandor intenso,
así te he visto inaccesible y pura.

Y acaso, por culpable, no has querido
muchas veces mostrarte milagrosa,
sino que muda a mi plegaria férvida
y a  los clamores de mi pecho sorda,
                      me dejas que vacile,
que me atraigan del mal sus fauces rojas
y que en estéril existencia, a veces,
ruja en el alma la siniestra cólera.

Y es tu nombre bondad, pasión, clemencia,
luz eternal de gracia en que me abismo,
que pones en mis nervios sensaciones
que son la ruda fuerza en que me inspiro;
                      calma el afán del día,
 y de tu excelsa majestad al brillo
                      condúceme propicia,
                      quitando los peligros,
por la montaña donde tienen crueles
los desalientos su jardín florido.

Es hora del reposo; canta, canta
con el ritmo de todos tus misterios,
en la curva lumínea de tu gloria
                      en la curva de fuego;
y cuando en la quietud suprema y fría,
                      quietud del cementerio,
yazga en el polvo sin pesar ni dicha
indiferente a todo afán terreno,
de tu divina luz un rayo tibio
envíame compasiva desde el cielo,
para que aún pueda recordar tus gracias
mi espíritu errabundo entre los muertos.


Publicado en:
Nuevos Ritos, Nº64 de 15 de abril de 1910.


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