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La receta,
por Beatriz Spiegel de Víquez

Amanece: un sol de plata
va llenando la pradera
de mil brillantes que tiemblan
de emoción entre la hierba.

Caminito del poblado;
se divisa una pareja;
al mirarla, se diría
que no camina, que vuela.

Ella lleva entre sus manos
una niñita pequeña;
él va mirando el camino
con ojos donde la pena
habla del dolor que siente
por llevar su niña enferma.

Llegan por fin al poblado,
todo en él denuncia fiesta:
las mujeres con sus galas,
los caballos, la barrera,
las cucañas desafiantes
que hacen volar las quimeras;
pero indiferente a todo
pasa veloz la pareja:
que la niña se les muere,
que no han venido a la fiesta
sino en busca de un remedio
para salvar a la nena.

Al llegar ante el doctor,
la colocan en la mesa,
con una angustia infinita
que sólo el rostro refleja.

Hay un silencio de muerte,
hay un silencio que pesa
como loza de granito,
sobre la pobre pareja.

De pronto el doctor se vuelve:
_“Está muy mala la nena,
si no la atienden ligero,
es posible que ella muera.
A mí me deben diez pesos,
preparen esta receta”.

Se miran y él, vacilante,
saca al fin su tabaquera,
que sólo lleva diez pesos,
que sólo diez pesos lleva.

El doctor, que no comprende
el exista tanta miseria,
los deja sin un centavo
para pagar la receta.

Salen juntos, vacilantes...
El la mira con tristeza;
ella no le dice nada,
pero la niña se queja.

Todo en la plaza es bullicio;
bajo un sol que centellea
los aplausos y las risas
van llenando la barrera.

El palo encebao se yergue
y el premio nadie se lleva,
pues todos han fracasado
resbalando hasta la hierba.

De pronto el silencio cae
en medio de la barrera:
que un hombre sube la vara
con increíble destreza.

Resbala, vacila, asciende,
ya va llegando a la meta…:
estira por fin el brazo
y del premio se apodera.
Baja veloz y mil ojos
sin comprender lo contemplan;
abre la bolsa jadeante,
febril busca las monedas
y, ante la gente asombrada,
al encontrarlas las besa
y sale gritando fuerte
a través de la barrera:
_“¡Rufina, ya tengo plata
pa pagasle la receta.
Rufina, Rufina, corre;
no se pue morir la nena”.


Del libro: Salomas
Publicado en: Boletín de La Sociedad Panameña de
Pediatría. Volumen Nº. 20.  Julio 1991. Nº. 2


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