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Romance de la niña
con Pollera, por
Lucas Bárcena

No iba a la fiesta Rufina
porque no tenía pollera
y eran de enojo sus voces
y sus sueños de tristeza.

En casa de don Jacinto,
el mayoral de la hacienda
desde mucho tiempo hacían
preparativos de fiesta;
habría tamales calientes,
habría chicha con panela,
tambor, mejorana y cumbia
iluminadas con velas.

Sería la cruz vestida
con retazos de floresta
y como reina nombrada
la más hermosa doncella.

Pero Rufina no iría
por no tener su pollera
y más y más se apretaban
las amarras de su pena.

El milagro lo hizo Félix,
mozo venido de fuera,
quien vio a la niña en el río
y quedó loco por ella.
Cerca ya le dijo: “Moza
¿cómo se atreve la sierra
a esconder flor tan divina
que en la ciudad fuera reina?
Y Rufina, ruborosa,
ruborosamente tiembla. . .

Así le vino a la niña
amor y esperanzas nuevas;
brazaletes a sus manos,
a su cabeza peinetas;
cintas, zapatos y lanas
y tembleques y diademas
y todo cuanto soñara
para asistir a la fiesta.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
La noche encinta del alba
va apagando sus cadencias
reparte el tambor sus sones
como gritos que se quiebran.

Rufina, con sus donaires
es la reina de la fiesta;
para ella improvisan trovas,
vuelan suspiros por ella
y la buscan y la siguen
más que a las otras parejas
porque es la flor más airosa
que allí la campiña diera.

Pero Félix ya no ríe,
ya no aplaude ni celebra
ni brinda alegre, sus copas
a la luz de las estrellas.
Su niña, desde hace rato,
a su lado no se acerca
porque otro mozo la busca,
la regala y la festeja.

La chicha fuerte le sube
martillando la cabeza
y en su interior hay un algo
mezcla de ira y de vergüenza.
De pronto, un leve murmullo
se oye a un lado de la rueda
y una voz rasga los aires:
¡Quién no es hombre no se meta!

Hay golpes que dan en carne,
hay cuchillos que reflejan
la luz del alba en sus hojas
y hay mil quejas lastimeras.
Félix, jadeante y airoso
ha vengado ya la ofensa,
¡Déjenle paso, señores,
que va a buscar a la reina!
Pero sus ojos, amantes,
no la miran, no la encuentran. . .

(Que ella se fugó con otro,
que había muerto quien no era,
que salió por un camino
que no iba a la casa de ella,
van diciendo como en coro
toditas las malas lenguas. . .)

Y entre matas y entre espinas,
a orillas de la vereda,
quedaron trozos de encajes
y de cintas de pollera. . .


Del libro: Antología Poética


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