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Lamentación Por Una Novia Distante Y Muerta, por
Humberto Ramos Águila

Te conocí campana de crespos y sonrisas
repicando en la tarde colegiala de entonces.

Recuerdo que yo andaba por calles desveladas
de un ayer como a tabla de sencillez asido,
que anochece al rescoldo lugareño
con lluvia tiritada de pollitos
y horcón que ronca su canción de hamaca.
Y de un hoy de cometa
con los tirantes sueltos a la brisa
y los bolsillos rotos de ilusión.

En llamas la camisa pasional
y un sabor cejijunto a cada esquina
de cuanto adiós tan largo masticado,
pese a las pestañosas aguasueños
contra el siempre añorante paso mío.

Mas ya dejemos eso. Sólo quiero
recordar que te hallé
y que, a causa quizá de mi entrañable
sirena, me creí
de un muchacha-oasis en presencia,
para mis huesos de ocarina oscura
que tañe la nostalgia.

Te creí caracol
con salterio de náyades y estrellas sumergidas
--cuerdas de una recóndita fragancia--.
¡Ay todo eso
inenarrablemente te creí!

¡Vaya con la guirnalda de espejismos que
                                                    (envuelve
en el mentido terciopelo tierno
de pestañas de sílice acerado!

¡Vaya con ese súbito desprenderse aleteando
de aurora, por morderme, en tu reír!

¡Vaya el tijeretazo de0 frondoso destello
con bucle vesperal,
que, al margen de los gallos temporales
y en cartapacio de extrañanza azul,
guardó la primavera!

¡Vaya aquel traje quinceañero tuyo
todo de cascabeles y de aromas!

Mas, a través de plumas desnidadas, ahora,
de mayos rebuscando, sin hallar, sus cigarras,
de tejas que no saben de luz ni de chubascos,
de rocío que en vano llama al botón y no abre,
de todas partes borrando, dícenme, que te fuiste borrando,
sin que te aprovecharan
bisturí ni cauterio, sal ni azúcar,
caricioso metal ni ala cumbrátil.
Que no te detuvieron ni el candor ojiabril
que sonríe recién cortadas mariposas,
ni aún aquel collar de pasionarias
latiendo en tu raíz de mandrágora viva.

Entonces me olvidé de tu harapiento anímico,
la quina del ensueño, el dogal del jardín,
el marfil arrumbado, el prometido
miraje con sus pájaros huyendo.

Pues tan repercutido me vi de piedra y sombra,
que desgarré mi voz como un cuaderno
y escarmené ceniza con ceniza,
tal guitarrista apunto de desangre, perplejo,
cada vez más distante y abisal corazón.

¡Ay por tu airosa enredadera rútila
despeinándose, a un alba de luceros quebrados,
en torbellino de hojarasca ciega!

¡Ay por tu blusa opima
donde el verano horneaba sus cosechas,
como desabrochándose ya en bandeja de olvido!

¡Y el laminado néctar de tu andar sin
                                                    (contorno
tal vez tanteando el párpado del follaje con sol,
el diente fontanal,
el cántaro torneando la cintura
--caolín desorientado en palpar las gaviotas--!

Mientras tanto, yo pido, para tus redondeces
entre colmena y copra fugitivas,
las carisias telúricas indefinidamente.

Que con manos de nubes los terrones
acojan tu campana
de crespos y sonrisas deshojándose…


Del libro: Las Trovas Del Silencio Florecido


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