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Trilogía del Rostro de tu Ausencia, por
Humberto Ramos Águila

I
LA CILAMPA

Por un sendero ignorado
con luciérnagas venía.
Glauco arcano de sirenas
era su voz de neblina,
llorada sobre el espejo
sin tiempo de quien delira.

La indagué, padre, por ti,
que el bordón de la otra orilla
empuñando, sin final
por allí partiste, un día.

“¿A qué mana --díjome ella--
tanto ruiseñor tu herida?
Si bajo el árbol de nubes,
donde corre el agua viva
del recuerdo, tú lo sabes
bien, toda ausencia termina.”

Se fue, extrañando con bucles
de aguacero y brumas–sílabas:
“Muerte, presencia olvidada
y no presencia perdida.”

II
ESTROFAS INCONEXAS SOBRE EL ROSTRO
DE TU AUSENCIA

¿Quién me dice que ya te me distancias,
velamen de ternura paternal?
¡Quién me lo dice, quién,
si aún a la puerta de tu muerte, padre,
grita mi desolado corazón!

Mi corazón, espejo interminable
de cuyo fondo viene a mi encuentro la onda
del padre, igual que antes, con su mano
                                                    (extendida
como para cruzarnos, de niños, por el paso
de piedras… Era el río de Dios.
Y allí, entre arco iris de músicas, reposas…

Y todos los relojes de la sangre sentida
latirán por el mundo tu nombre macerado,
que ascenderá en volutas de fúlgido perfume
del corazón de todo hijo de padre ausente.

III
REITERACIÓN DEL ROSTRO DE TU AUSENCIA

Ya no recuerdo cuándo.
Sólo recuerdo, padre, que he de volver a verte.
Eso sólo me dijo la hija de la niebla.
“Bajo el árbol de nubes, donde corre
el agua viva del recuerdo”, dijo.

Y aquí está el rostro de tu ausencia, padre,
en la palabra pura, reflejándose
de corazón en corazón, tal como
sobre las ondas de aquel paso de piedras
por donde y en las tardes de paseo, tu mano
paternal a dos niños cruzaba… Nada pudo
el tiempo. Esa quebrada
desembocó en eternidad tu imagen.

Ya no recuerdo cuándo.
Sólo recuerdo, padre, que he de volver a verte.
Eso sólo me dijo la hija de la niebla.
“Bajo el árbol de nubes, donde corre
el agua viva del recuerdo”, dijo.


Del libro: Las Trovas Del Silencio Florecido


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