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Carta, por
Roque Javier Laurenza

La mano que esto escribe renacerá
del mismo vientre...
Borges.- La Noche Cíclica.

Yo recuerdo esta noche los paisajes nativos,
el rostro de mi madre, los ritmos familiares,
y el vaivén soñoliento de los altos palmares
en espera de justos ciclones vengativos.

¡Oh tú que de los años el regreso proclamas
cual fatídica norma de segura medida,
ojalá que las horas más dulces de la vida
dibujen nuevamente sus viejos anagramas!

Resurgirán los fuegos sagrados del instinto
(Ariadna de ojos verdes ha de cuidar mis pasos)
y venciendo peligros y desatando lazos
recorreré mi propio secreto laberinto.

Vendrán las escapadas del colegio, temido
por mi horror de teoremas y palabras en ando...
¡Oh gerundio soberbio que llegas cabalgando
a lomos de la frase de ritmo sostenido!

El corazón de nuevo sentirá los temores
de la primera cita con la verdad del beso,
y el orgullo y el miedo de ver mi nombre impreso
e ignorar si las Musas me darán sus favores.

Renovaré las noches de fiestas marineras
en las islas sonoras del moreno Caribe,
donde Afrodita, criolla, su desnudez exhibe
entre sones de Güiros y maracas rumberas.

Bajo la Cruz del Sur, he de encontrar la verde
promesa de unos ojos de frescor submarino,
pero fiel a los signos del arquero divino
haré como quien gana la fortuna que pierde.

¡Oh tú que vaticinas el regreso del día,
a través de las noches, a la aurora primera,
ojalá que la limpia mañana brasilera
encienda las cenizas de mi melancolía!

Después, junto a las fuentes musicales de Roma,
y en un París de fiebre y una Londres de bruma,
la juventud radiante derramará su espuma
bajo la invocación de la sensual paloma.

Y llegará la angustia del por qué de las cosas,
las enormes preguntas y las flacas respuestas,
y el saber que por siempre llevaremos a cuestas
tantas indescifrables verdades misteriosas.

Luego dirá de la vida, cabe Nuestra Señora:
¡Poeta, ya es el tiempo de la vendimia, paga!
Ya se agotó la viña cuyo licor embriaga
al pródigo del día, del minuto y la hora.

¡Oh platónico terco, vidente que predicas
la parábola cósmica del Retorno seguro,
ojalá que la vida, con su gesto más puro,
renueve los asombros de ayer que pronosticas!

Mas si el tiempo no puede desandar su camino,
ni repetir su misma deliciosa metáfora,
que me sirva el recuerdo como débil anáfora
de las ineluctables promesas del destino.

Porque pueden los hombres imitar a Odiseo
si regresan un día de los mares lejanos
a la tierra que nutre con sus jugos humanos
el vigor renovado de los brazos de Anteo.


"Tierra Firme", N°.3
Publicado en marzo de 1952


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