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Las Voces Desde el Tiempo, por
José Antonio Moncada Luna

España, nos trajiste tu lejano
manantial de gemidos y de orgullo,
tu valor castellano y arrogante,
tu quijotesco corazón de mundo.

Fue tu simple substancia, simple barro,
tu poblano sencillo, tu hombre oscuro,
el que trajo las sílabas de fuego
y rompió cordilleras con el puño.

Ahora en los escombros ultrajados
de éste que fuera sitio de tributos,
de esta ciudad antigua levantada
con el pellejo de los hombres rudos,

Puedo medir tus vísceras de rayo,
tu altanera clemencia de verdugo,
tus desgreñados sueños de conquista,
tu doloroso batallar desnudo.

Puedo medir tu sangre de torrente,
tu altanera clemencia de verdugo,
tu congoja de fraile misionero,
tu palabra madura como fruto.

* * *

Tu corazón, España, es rojo y blanco;
rojo león de corazón hirsuto;
con Fray Bartolomé blanco y humilde
en las palabras y el amor profundo.

Y aunque trajiste garras tenebrosas
para llenar de muerte los minutos
y una raza silvestre conquistaste
con tu cadena y tu galope duro.

Jamás te negaré, madre incansable
que fuiste dando ese linaje tuyo,
como nueva semilla combatiente
en las manos violetas del crepúsculo.

No negaré tu estirpe de titanes,
_claros héroes que nada los detuvo_,
con su alma triste y con su piel de acero
vencidos por la gloria y por el triunfo.

Trajiste muchas cosas con tu cáliz,
tu regazo evangélico y desnudo,
la harina de su sangre y de tus ojos
y tu fértil destino taciturno.

Tu Quijote perennemente triste,
tan íntegro en sus pasos de hombre puro
con su aurora callada y visionaria
y sus sueños sirviéndole de escudo.

Tu Cristo popular y silencioso,
con sus manos abiertas como el humo,
para llenar de paz el desvelado
camino de fantasmas y de luto.

Y por ese camino tormentoso
con sudor y peñascos iracundos,
ibas alzando torres y ciudades
de un porvenir eterno claro anuncio.

Ahora que te siento derrotada
canto tus cicatrices y tu orgullo,
tu antiguo amanecer, tu mano firme,
tus escombros sembrados por el mundo.


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