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El Tejedor y su Esposa, por
Amelia Denis de Icaza

Erase un tejedor muy avisado
que sólo jerga en su taller tejía
y como hombre muy justo y arreglado
trabajaba incesante todo el día.

Otra tela jamás en sus talleres
aquel obrero colocar podía,
y en vano su mujer le repetía
que otros ganaban pesos a millares,
pues el pobre Serapio contraído,
jerga no más con entusiasmo hacia
mientras Quiteria alegre se reía
en las barbas canosas del marido.

¿Por qué, le preguntaba la Quiteria,
no tejes tú Serapio cosas finas,
para llevar como otros a la feria,
y que yo nada envidie a la vecina?
Vaya mujer repúsole su esposo
seda voy a poner en mi tejido
y ya verás que chulo, que lucido
saldrá de mis talleres un reboso.

En efecto, la seda destrenzada
fue colocada en el taller añejo,
mas era tan distinto el aparejo
que la seda doquier se reventaba,
torpes las manos del honrado obrero
extrañaban la jerga y sollozaba
y más y más aquella se enredaba
y más y más luchaba el majadero,
hasta que al fin cansado, palpitante,
a su mujer volvióse enfurecido:
ya ves Quiteria,--díjole,--el tejido,
tiene que ser más fino y más tirante,
esta seda en mis manos se destroza
y fue muy loco pensamiento el tuyo,
abandoné mi jerga por orgullo
cuando nunca al telar puse otra cosa.

Existen muchos seres que pretenden
alto, muy alto levantar el vuelo
cuando sólo las aves que lo entienden
pueden sus alas remontar al cielo.


1879
Del libro: Hojas Secas. 1927


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