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Sed, por
Antonio Isaza A.

Yo no quiero llegar,
yo quiero ir...

Tengo sed... tengo sed...
Me desespera esta paz muerta,
acaso entre las aguas.

Un desierto de sed
roe las raíces de mis deseos
en flor.

No se cansa el azul y a veces vuelvo
a confiar mi ambición de claridades
a la sombra de Dios...

La luna, mancha en balde la coraza
de las sombras que en vuelo misterioso
llevan alas tan negras... tan amargas...

El sol ata neblinas de humedades
con sus trenzas doradas;
van las piedras en muecas retorcidas
atropellando brisas desbocadas,
y cada grieta negra es un regazo
para el llanto de Dios en las montañas.

Mí sed es un absurdo caminante
que no tiene ni fe
ya en el paisaje.

¿A dónde va la multitud sin rumbo
con su copa vacía de realidades;
esa copa que esconde los caminos
y cosecha el clamor de las pisadas...?

Que la preste un momento a mi egoísmo
y que rinda tributo a mi garganta
el mosaico incoloro
de un racimo de almas...

La distancia desnuda me da frío
porque he visto pasar la caravana
con rumbo hacia el olvido de esperanzas.

¿Las tumbas...?
Nadie sabe dónde cavan
las tumbas de las almas.
¿Tendrán también su cruz...?
o una guirnalda
de silencio, de luz y de agua clara...

Tengo sed... acaso ahora no pueda
llegar hasta el latido
de aquellos horizontes
que ya han muerto para todas mis ansias.

El agua es sólo una promesa vana
para mi sed en viaje...

Dadme pues de aquella agua
que ofreció a la gentil Samaritana,
aquel decepcionado de las almas...

De esa agua que alimenta
tantas cruces
y que riega de azul los camposantos.

Dádmela ya, porque la sed me acosa...
¡y he bebido tanto...!

Dadme esa agua de amor,
de claridades, de bondad y pecado,
de mentira y tortura,
de goces y llanto...
Esa agua que acaricia la esperanza
en el jardín de luz de una alborada
o en la copa volcada de un ocaso.
Que resbale en mis fuentes interiores
como lágrimas tibias de una madre,
como el beso de fuego
que yo siento latir en mis arterias desbordadas,
y que apague la hoguera de mi anhelo
para que alumbre el resplandor del alma.
¡Que no se esconda Dios!

¡Que no se quede enervada en suspenso mi plegaria!
Dejadla que se quede o que se vaya,
para que así coseche a su regreso
todas las tardes pálidas
y le salgan al paso las mañanas
cual banderas de
adiós en la enramada...

La duda me atormenta.
La espera me amedrenta.
¡Dejadme con mi sed...!,
que sienta el eco de mis pasos callados,
igual que si soñasen los recuerdos
al amor de las piedras que descansan.

¡Dejadme con mi sed...!
Porque si bebo
me quedaré tan solo y tan huraño
que ya no volveré a ver las estrellas
porque tal vez las lleve entre las manos.

Dejadme con mi sed...
velero tránsfuga...
Dejadme con mi sed...
y aunque no baste:
Dame tú de beber, Samaritana!


Del Libro Sed, 1935


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