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Con banderas de tarde llegan los barcos grises
trayendo entre sus quillas añicos de horizontes,
las noches los cubrieron con su piedad de sombras,
las auroras rindiéronles su homenaje de flores.
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Las gaviotas se hicieron banderas en sus mástiles
y el vendaval en ellos ensayó sus azotes.
Llegan serenamente -como los héroes llegan-
dialogar sus viajes con el muelle trifronte.
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Y se van y regresan otros barcos distantes,
con su carga de ausencias, sus banderas de auroras...
y se abrazan al muelle, que les escucha absorto,
todo lo que le cuentan de las distantes costas...
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Ansias de navegar y no poder seguir
—hundido mansamente en la undívaga comba
de la ensenada, atado con su amarra de hierro—
lleva el muelle en su alma de alquitrán y de sombras.
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Por eso cuando todos los barcos se despiden
—puestas al horizonte sus intranquilas proas—
el muelle siente un dulce dolor de lejanías
y reclinado al muro con la marea solloza.
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Miscelánea, de 16 de agosto de 1945.
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