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Berta de Alcázar,
por Gaspar Octavio Hernández

               En la penumbrosa
               mañana invernal
               la Lluvia solloza
y le dice con voz dolorosa
a su amado el Cierzo, canción funeral.

               De piano
               lejano
se escuchan romanzas. . .
¡Ah! las teclas gimen
con trémulo son
una larga historia de desesperanzas,
la historia de alguna perdida ilusión.
Sí, las teclas gimen hondamente, gimen
               con el son doliente
de un lamento humano,
lamento de enferma niña á quién le oprimen
inclementes brujas alma y corazón.
              


Berta del Alcázar, la tísica rubia
que en sus gratos días fue hermosa triunfal
ve, desde su lecho, las gotas de lluvia
que de la ventana limpian el cristal. 
               Y Berta, al oír
               esa plañidera monótona voz
con que habla la Lluvia, comienza a gemir
y frases de ruego dirígele a Dios. . .
Después, tose. . . tose. . .Y es rara su tos.

Berta del Alcázar, fue actriz la más bella. . .
               siempre en el proscenio
semejaba estrella,
semejaba estrella de gracia y de genio.

               No brotaron fresas
               más lindas que esas
que a sus labios dieron rubor de cerezas.
Labios que de lirio tenían olores;
               labios tentadores
               en que las promesas
fueron intangibles pájaros cantores
jugando en corola de rojos colores.

               Nadie vio cabellos
               más blondos que aquellos
que la coronaban de seda y destellos.

Cuando en el proscenio Berta aparecía
se acercaba a ella la musa Harmonía
dictándole arrullos de paz, de alegría. . . .
Y eran los gorgeos de la actriz gloriosa,
como notas de una canción misteriosa
dormidas en finos pétalos de rosa.
              


          Pero escuchadme: la actriz
          cayó una noche fatal
          en amoroso desliz;
          fue desde entonces infeliz
          aquella almita ideal.

          Nadie sabe qué doncel
          fue el primero que manchó
          con arrebato cruel,
          ese lozano clavel
          que el pensil del arte dio.

          ¡Ah! Pero ya nadie ignora
          que desde el trágico instante,
          Berta sufre, Berta llora
          al ver que se descolora
          con rapidez su semblante;

          Al ver que pobre y enferma
          no tendrá en cercano día
          ni una cama donde duerma
          su figura endeble y yerma
          que a la Muerte espantaría.


Al caer la Tarde, cuando ya la Lluvia
suspendió su larga canción funeral,
Berta del Alcázar, la tísica rubia
sintió en las entrañas cansancio letal.

          Tosió. . .Y en su tos,
hubo ciertas vagas súplicas a Dios.

          Irguióse Berta en el lecho
          con gesto de confusión,
                   y al recordar su deshecho
          bienestar, sintió en el pecho
          honda desesperación.

          Hundió luego la cabeza
          en sus manos temblorosas
         —que transformó la Belleza
          en dos levísimas rosas—
          y así exclamó con tristeza:

     “Por qué se enrosca a mí la negra sierpe
de los Males?  Qué infamia, qué delito,
de fresca sangre arreboló mis manos?
     Hiel de blasfemia te arrojó mi boca,
para que así me hieras, tu, supremo
Señor que el Mundo de pesar enlutas?
     Tú, que todo lo puedes; tú, que un día
viste a la de Magdala acariciarte
para que la nimbaras de pureza;
     Tú, que a manera de luciente bólido
cruzaste por el cielo de los tiempos
derramando serenas claridades;
devuélveme la paz, la paz tan sólo!
     No la belleza de triunfales galas
mi súplica te pide.  Ya detesto
esa que ayer me prodigó laureles,
fementida beldad.  Y sólo quiero
devuelvas la quietud a mis entrañas,
¡Oh! Dios!”. . .Berta calló. . .
                                 Después, su frágil
cuerpo tembló con súbita violencia. . .
Tosió mucho. . . tosió. . . Y olas de púrpura
disolución fingieron de rubíes
en la exangüe blancura de la hermosa.


Publicado en: Nuevos Ritos, Nº 126 del 15 de mayo de 1913.


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