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Bajo el giro incesante de las horas
y con ellas, ligeras y fugaces,
surgen de las montañas soñadoras,
en inquietas bandadas, las torcaces.
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Ama el día lo inconstante de sus vuelos
y, sobre el raso gris de sus plumajes,
peinan los aquilones sus anhelos
y tejen las neblinas sus encajes.
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La tarde las reviste con sus galas
cuando surcan la atmósfera, gentiles,
y entonces son la magía de las alas
o el celeste primor de los perfiles.
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Son las hijas del sol y de las frondas;
por eso, cuando entonan sus arrullos,
destrenza el alba sus guedejas blondas
y entreabren las rosas sus capullos.
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Y ya sobre los jobos altaneros,
o allá desde los mangos, en sus nidos,
reflejan el verdor de los potreros
en sus ojos redondos y encendidos.
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Entonces vuela su canción errante
con el rumor de pesadumbres viejas,
en añoranzas de un amor distante
que envuelve la tristeza de las quejas.
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Cantan a la quietud de los manglares
y a las risueñas fuentes escondidas,
con la tierna canción de los pesares
hecha con trovas de esperanzas idas.
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Y hay una inmensa pena en ese canto,
al que los ecos con dolor responden,
como si en cada nota hubiera un llanto
que los arpegios de su voz esconden.
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Así, cantando en angustiada espera,
son sorprendidas por destino impío:
rotas las alas por la bala artera
o entre las garras del halcón bravío.
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La zozobra de verse perseguidas
las lleva de la cumbre a los cortijos,
y son millares las que caen heridas
desde la rama donde están sus hijos.
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Mientras que allá, en el árbol, suspendidos
bajo la fría mirada de los cielos,
son sepulturas los que fueron nidos
y cadáveres yertos los polluelos.
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¨Por qué se ensaña la enemiga suerte
con esos pobres seres, y falaces
las garras despiadadas de la muerte
arrebatan del nido a las torcaces?
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¡Ah!, que del mundo los adversos hados
siempre se muestran de injusticia llenos;
mientras cantan victoria los malvados
oprime el peso del dolor los buenos.
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Que un supremo ananké marca el estigma
del mal sobre la frente combatida,
para hacernos esclavos del enigma
o los tristes libertos de la vida.
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A muerte condenados en la cuna
inútil es que se demande gracia,
que a todo el que sonríe la fortuna
lo acecha entre la sombra la desgracia.
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Detrás de cada rosa hay mil espinas,
tras de ese cielo azul se halla el vacío,
tras la hiedra pomposa están las ruinas,
y, logrado un placer, viene el hastío.
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Sufrir: he allí, no más, lo único cierto;
la vida, en realidad, no es otra cosa
que el paso por un árido desierto
en busca de una cruz y de una fosa.
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Vida no es nube que se lleva el viento;
vida es el palpitar en la agonía;
es la maga que llena el pensamiento
de una amarga y letal filosofía.
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Dios, la esperanza del linaje humano,
se oculta del Arcano en lo profundo,
en tanto que el dolor, cual soberano,
es el árbitro omnímodo del mundo.
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¨Quién lanza esas endechas gemidoras
que en lágrimas parecen empapadas... ?
Es el manso rumor con que las horas
se alejan de las almas desoladas.
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Son torcaces que pasan, son los años
de la radiante juventud perdida,
es la banda primer de desengaños
que en el confiado corazón anida.
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Es la quejumbre que del alma emana
al golpe de las crueles asechanzas,
es la voz funeral de la campana
que dobla por las muertas esperanzas.
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¡Oh torcaz, que en mi mente de poeta
surges para el dolor evocadora,
como cigüeña que a Valencia inquieta
o como garza que a Miró enamora!
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Tú que la queja a la canción engarzas
mientras cubres el nido donde sueñas,
tienes fiebre de azul, como las garzas,
o de cielo embriaguez, cual las cigüeñas.
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Tú que atesoras la virtud arcana
que fortifica el alma del cobarde,
y hallas las alegrías de la mañana
en las melancolías, de la tarde,
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bríndame una canción, una de aquellas
que tienen tal poder y tal encanto
que provocan el llanto, y en estrellas
las lágrimas convierten de ese llanto.
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Quiero una blanda melodía doliente
que cante de los buenos la victoria,
que descorra los velos de la mente
y reviva el recuerdo en la memoria,
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para dejarle en su armonía sagrada,
cuando disfrute de la eterna calma,
el corazón, a la mujer amada,
y a mi madre adorada: toda el alma.
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