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Año Nuevo, por
José Guillermo Batalla

Ya pronto va a terminar
el calendario de ayer.
Un año está por nacer.
Al otro van a enterrar.
Quien pudiera sepultar
con él todas las torturas
y todas las amarguras
con que nos quiso abatir.

¡Quien pudiera descubrir
las incógnitas futuras!

Quien tuviera el raro don,
virtud o poder divino
de inquirir lo que el Destino
le reserva al corazón;
si es ventura o aflicción,
desdicha o felicidad.
Desgraciada humanidad
que con su saber profundo
debe seguir por el mundo
en completa oscuridad.

Numerosa caravana,
que este trágico desierto
recorre con paso incierto
en pos de la dicha vana;
que se desvive y afana
y agoniza de pesar
cuando no puede escalar
la cumbre de sus empeños
o cuando ve que sus sueños
son como espumas del mar.

Caravana lastimosa
que va sin rumbo y con venda
transitando por la senda
de esta existencia penosa,
sin advertir, presurosa,
que de esta brega sombría
formar muy bien se podría,
en vez de un nuevo Calvario,
un divertido escenario
del placer y la alegría.

Mas para hacer tal primor
de la existencia es preciso
suponer un paraíso
en cada huerto sin flor;
no permitir que el dolor
consiga, artero, vencer,
con donaire repeler
los embates del sufrir,
y, si es posible, reír
al tiempo de padecer.

Que pasen breves los días
que en el mundo hemos de estar,
sin dejarlos saturar
de acerbas melancolías;
y hacer con las melodías
del envidiado laud
que pulsa la juventud,
para combatir el tedio,
maravilloso remedio
que anime la senectud.

No modular la canción
de las nostalgias secretas,
ni permitir que, indiscretas,
logren hacemos traición
las penas del corazón.
No importa que despedace
la angustia y que el sueño pase
de la dicha que se quiere,
si cada ilusión que muere
en otra ilusión renace.

Si la amistad que es señora
falsa, frívola y coqueta,
se descubre la careta
y nos ataca traidora,
su tarea malhechora
correspondamos con bien,
y luego, cuando nos den,
fingiendo olvido, la mano,
luzca nuestro rostro ufano
la sonrisa del desdén.

Si en los huertos del amor,
llenos de rosas y cardos,
nos sorprendieron los dardos
del mas intenso dolor,
haya sobra de valor
en proseguir la jornada;
que en tan hermosa cruzada,
cuando la lucha no es recia,
ni entusiasma, ni se aprecia
la ventura conquistada.

Que nunca asome la hiel
y que domine la farsa;
que se imponga la comparsa
festiva del cascabel.
Así será menos cruel
la disputa general,
y bajo un arco triunfal
el mago del buen humor
rebosará de licor
nuestra copa de cristal.

De esta manera en los años
que nos falten por vivir
lograremos resistir
tristezas y desengaños,
sin que demuestren, huraños,
nuestros rostros abatidos
los angustiosos latidos
con que llora el corazón
cuando siente el aguijón
de los quebrantos temidos.

Así no causan pesar
estos años que se alejan,
ni en la memoria nos dejan
reminiscencias que odiar.
Que si fuérase a tomar
la vida tal como es
y en toda su desnudez,
de fijo resultaría
que el alma se agotaría
de prematura vejez.


Del libro: Poesías


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