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Imagen bella de mi madre amada,
en esta inmensidad dulce consuelo;
cuán hermosa te encuentras colocada
en tu marco de rojo terciopelo.
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Se reflejan de tu alma las virtudes
en las pupilas de tus tristes ojos;
y aire regio que impone multitudes
te dan de tus cabellos los manojos.
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Esos lampos de plata cual auroras
de un despertar en época de invierno,
de tus viejos pesares son las horas,
de tu pesada vida el sello eterno.
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Son ellos tus inmensas amarguras,
de un pasado feliz recuerdo triste;
de aquel dolor sin fin son las torturas,
cuando a mi padre en mi niñez perdiste.
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Ellos son tus cuidados y desvelos,
aquellas noches largas de agonía
en que implorando a los sagrados cielos,
te encontraba la luz del nuevo día.
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Mientras que alegre, a tu sufrir ajeno,
de tus hondos pesares inocente,
me dormía feliz sobre tu seno
al tierno arrullo de tu orar ferviente.
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El valor ignoraba de esas canas,
de acerbo padecer emblema santo;
guedejas que la luz vieron tempranas,
¡pobres!, nacidas del dolor y el llanto.
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¡Sedosas, negras cabelleras, lejos!
¡Lejos dorados y esplendentes rizos!
¡No tenéis de estas hebras los reflejos!
¡No tenéis de esta nieve los hechizos!
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¡Vosotras no sabéis qué es desventura,
de la vida ignoráis los desengaños;
si de escarcha os cubrís, vuestra blancura
tiene el tinte marchito de los años!
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¡Oh canas de mi madre, venerables!
¡Oh imagen que mis penas aminora:
a través de estos mares insondables
la ofrenda recibid del que os adora!
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Publicado en: El Heraldo del Istmo, Nº 39 de 15 de agosto de 1905.
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